CONFESIÓN DE FANÁTICO “CREO Y DEFIENDO A AMLO PORQUE…”

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/ Eduardo Sadot /

Hemos escuchado muchas veces y de diferentes maneras, desde Palacio Nacional hasta el más humilde hogar mexicano, que quienes defienden y creen en AMLO, a pesar de las evidencias, se aferran a una realidad que no resiste el análisis crítico de su gobierno.

¿Cuántas veces nos hemos preguntado qué sucede y por qué, ante las evidencias de corrupción, el manejo discrecional de los recursos, la falta de una rendición de cuentas transparente y el evidente capricho de derrochar recursos en obras faraónicas, inútiles y costosas, persiste la defensa incondicional del expresidente? Es difícil aceptar que quienes conocen las evidencias vuelvan la cara hacia otro lado y justifiquen esos abusos. A veces lo hacen por gratitud, por recibir apoyos del bienestar que palían su pobreza, aunque no necesariamente los sacan de ella. El presidente López Obrador declaró que “apostar a los pobres es ir a lo seguro”, porque nunca van a traicionarlo y siempre lo defenderán. Los resultados parecen darle la razón.

Pero la pregunta que flota en el aire es: ¿por qué, a pesar de las evidencias, una parte de la gente persiste en defenderlo? ¿Es solo gratitud, ignorancia, ceguera inducida o una decisión voluntaria? ¿Es tanta la necesidad y tanta la gratitud que impiden mirar con indignación lo que considero una destrucción de la patria, impulsada desde la cabeza de un hombre que dio muestras de interesarse más por el poder que por México? Un hombre que pareció dar rienda suelta a sus impulsos y a su sed de permanencia en el poder, por encima de su amor a México y a los pobres, a quienes utilizó como bandera mientras toleraba el enriquecimiento descarado de su entorno.

¿De verdad es un soñador o un resentido? Tal vez el quid del problema se encuentre en la identificación con ese grupo de mexicanos resentidos al que convocó AMLO y cuyo resentimiento, lejos de disiparse, alimentó al compartir agravios y convocarlos a la confrontación y sumarse a su voluntad y a sus intenciones. Parece que es más eso. A AMLO no lo defienden porque les haya prometido algo y no les haya cumplido. Lo defienden y lo defenderán porque, para una parte de sus seguidores, representa la encarnación de sus frustraciones. Le perdonan todo: que sus hijos y su círculo cercano se hayan enriquecido sin freno, que las promesas no se hayan cumplido como esperaban y que las condiciones de pobreza persistan. ¿Por qué? Porque representa la frustración de quienes, aun sin tener nada o teniendo muy poco, no encontraron en su gobierno la salida que esperaban, pero sí pudieron experimentar el placer silencioso, oculto y personal de vengarse de quienes consideran responsables de su desgracia.

Los seres humanos, en ocasiones, necesitan encontrar un culpable para descargar en otros la responsabilidad de su propio destino. Siempre resulta más cómodo y confortable pensar que son los demás, y no uno mismo, los causantes de la propia desgracia. No importa que mienta, tampoco que se enriquezca o que destruya, siempre que esa destrucción alcance aquello que representa lo que ellos no son o nunca pudieron llegar a ser. En el fondo, puede existir una satisfacción alimentada por el resentimiento: ver destruidos, amenazados o despojados de lo que tienen quienes lograron emerger, triunfar o alcanzar aquello que otros no pudieron conseguir. Si no es posible obtener lo que otros tienen, para algunos puede resultar suficiente ver que lo pierdan. Quizá ahí se encuentre una de las claves de esa lealtad: en la satisfacción de ver cuestionado o destruido aquello que se percibe como ajeno, inalcanzable o injustamente poseído por otros. Ahí están los ricos, los llamados fifís, los privilegiados, los prianistas, como parte de ese universo al que se atribuyen las culpas de las carencias propias. Por eso adquiere tanta fuerza la frase “perdieron sus privilegios”.

Lo importante, para quienes encuentran satisfacción en esa idea, no necesariamente es que los privilegios desaparezcan, sino que quienes antes los tenían dejen de tenerlos, aunque otros ocupen su lugar y terminen disfrutando de los mismos o más beneficios.

El privilegio no desaparece: cambia de manos. Y mientras unos celebran que los anteriores hayan perdido lo que tenían, quizá no advierten que los nuevos beneficiarios pueden reproducir exactamente aquello que antes condenaban. El privilegio cambia de dueño, pero no necesariamente desaparece. La revancha sustituye entonces a la justicia – como Espartaco – y el cambio de beneficiarios se confunde con una transformación de fondo. La historia ofrece advertencias sobre el peligro político de convertir el resentimiento colectivo en una herramienta de poder. Hitler supo explotar la humillación que dejó en Alemania la derrota en la Primera Guerra Mundial, las condiciones impuestas por el Tratado de Versalles, la crisis económica y el descontento social.

En lugar de ofrecer una explicación honesta y compleja de los problemas alemanes, construyó enemigos, difundió falsedades y culpó a los judíos, a los marxistas, a sus opositores que también llamó adversario y a otros grupos de las desgracias de la nación. Esa fabricación de culpables alimentó el odio, justificó la persecución y preparó el terreno para una dictadura criminal. Los opositores políticos, incluidos ciudadanos alemanes, fueron encarcelados, enviados a campos de concentración y asesinados; millones de personas fueron perseguidas y exterminadas por la maquinaria nazi.

El mecanismo constituye una advertencia histórica: cuando un líder convence a una sociedad de que sus desgracias tienen un culpable al que debe odiar – para AMLO el PRIAN y los “machuchones” – el resentimiento puede convertirse en instrumento de dominación y la búsqueda de justicia terminar sustituida por la venganza. Las diferencias históricas son enormes y no deben borrarse mediante comparaciones automáticas; la lección, sin embargo, permanece: una sociedad que deja de juzgar el poder por sus resultados y empieza a justificarlo por los enemigos que señala corre el riesgo de terminar defendiendo aquello que antes decía combatir. La oposición todavía no parece entender que, por más que se denuncien la corrupción, las mentiras y los abusos, la devastación de lo avanzado no necesariamente provocará el rechazo de quienes no se identifican con esos logros.

Para quienes encuentran en esa confrontación una forma de reivindicación personal, ver perjudicados a quienes consideran responsables de sus carencias y resentimientos puede pesar más que evaluar los resultados del gobierno. Y quizá ahí se encuentre una de las claves de esa lealtad: no en lo que se recibe, ni siquiera en lo que se prometió, sino en la satisfacción de ver cuestionado o destruido aquello que se percibe como ajeno, inalcanzable o injustamente poseído por otros, es la cristalización de su venganza.

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