El daño educativo de la pandemia

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*IMPRONTA

/ Por Carlos Miguel Acosta Bravo /

Los resultados de PISA 2025 deberían provocar algo más que declaraciones defensivas o comparaciones complacientes con otros países. La evaluación ofrece una advertencia contundente. La pandemia de COVID-19 dejó pérdidas importantes de aprendizaje, pero el deterioro también revela que las autoridades educativas no construyeron una estrategia suficiente, sistemática y verificable para recuperar los conocimientos que millones de estudiantes dejaron de adquirir.

México obtuvo 388 puntos en Matemáticas, 408 en Comprensión Lectora y 414 en Ciencias. Frente a 2022, retrocedió siete puntos en Matemáticas y siete en Lectura, mientras que Ciencias registró una mejora de cuatro puntos. El promedio general fue de 403 puntos, el resultado más bajo del país en dos décadas, de acuerdo con el análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).

La cifra más preocupante no es únicamente la posición que México ocupa frente a otras naciones. El dato esencial es que alrededor de 42% de los estudiantes se encuentra por debajo del nivel básico en Matemáticas, Lectura y Ciencias, mientras apenas 0.5% alcanza los niveles más altos en alguna de las tres áreas.

La pregunta, entonces, no es si la pandemia influyó. Evidentemente lo hizo. La cuestión central es por qué, después del cierre de escuelas y de la educación a distancia, el sistema mexicano no logró identificar con precisión las pérdidas, atenderlas de manera diferenciada y recuperar el tiempo educativo perdido.

El cierre prolongado de escuelas interrumpió rutinas, redujo el contacto entre estudiantes y docentes y trasladó buena parte de la responsabilidad educativa a hogares con capacidades muy desiguales. No todos los alumnos contaron con computadora, conectividad, un espacio adecuado para estudiar o acompañamiento familiar.

Las consecuencias fueron particularmente graves en Matemáticas y Comprensión Lectora. Ambas áreas requieren continuidad, práctica acumulativa y retroalimentación constante. Cuando un estudiante no comprende fracciones, proporcionalidad o resolución de problemas en primaria, difícilmente podrá enfrentar con solvencia el álgebra y las funciones en secundaria. De igual forma, quien no desarrolla vocabulario, comprensión inferencial y capacidad para distinguir argumentos tendrá dificultades para interpretar textos complejos años después.

La pandemia no creó todos los problemas del sistema educativo, pero sí los amplificó. Las desigualdades previas se convirtieron en brechas de aprendizaje más profundas y visibles.

Es razonable atribuir a la pandemia una parte del deterioro. Lo que resulta menos defendible es utilizarla como explicación suficiente para los resultados de 2025.

Entre la reapertura de las escuelas y la aplicación de la prueba transcurrió un periodo suficiente para diseñar una política nacional de recuperación. El sistema pudo haber aplicado diagnósticos periódicos, identificado aprendizajes indispensables, organizado tutorías, ampliado jornadas escolares y destinado recursos adicionales a las escuelas con mayores carencias.

Sin embargo, la respuesta institucional no parece haber alcanzado la dimensión del problema. Faltó una política de recuperación con metas públicas, indicadores claros y seguimiento continuo. También faltó reconocer que no todos los estudiantes necesitaban lo mismo. Mientras  algunos requerían reforzar operaciones básicas; otros, comprensión de textos; otros más, habilidades científicas y digitales.

El error consistió en tratar el regreso a las aulas como si significara automáticamente el regreso de los aprendizajes. Volver físicamente a la escuela no borró los conocimientos perdidos ni reparó las trayectorias interrumpidas.

El cierre de escuelas fue una emergencia. La ausencia de una recuperación sistemática, en cambio, es una responsabilidad política e institucional.

Sin un sistema de evaluación frecuente, comparable y público, las autoridades operan con información incompleta. El problema no es evaluar por evaluar, sino saber qué conocen los estudiantes, qué no dominan y qué  puede ayudarlos.

El análisis del IMCO advierte que México pasará varios años sin una evaluación nacional comparable de los aprendizajes que permita dar seguimiento a generaciones completas. La desaparición del INEE, el abandono de PLANEA y la extinción de Mejoredu dejaron un vacío institucional que no ha sido cubierto con una herramienta equivalente.

En esas condiciones, PISA se convierte en una de las pocas ventanas disponibles para observar el estado general de la educación mexicana. Pero una evaluación internacional aplicada cada cierto tiempo no puede sustituir un sistema nacional de diagnóstico y acompañamiento. PISA sirve para comparar y alertar; no puede decirle a una escuela qué estudiante necesita una intervención específica la próxima semana.

La evidencia disponible muestra que el problema no es la falta de disposición de los jóvenes. El diagnóstico del IMCO señala que ocho de cada diez estudiantes mexicanos manifiestan curiosidad por aprender nuevos temas y que la mayoría muestra perseverancia y disposición para realizar esfuerzos adicionales. También indica que 82% pide ayuda a sus docentes cuando la necesita.

Esto debería obligar a cambiar el enfoque. No es correcto responsabilizar a los estudiantes por un rezago que, en buena medida, se produjo por la interrupción de los servicios educativos y por la insuficiencia de las respuestas institucionales.

El problema no es que los jóvenes no quieran aprender. Es que el sistema no les ha ofrecido siempre las condiciones, la enseñanza y el apoyo que necesitan.

Los resultados también abren un debate sobre la orientación de la política educativa vigente. La Nueva Escuela Mexicana busca impulsar una formación más contextualizada e integral, pero esa intención no puede traducirse en ambigüedad sobre los aprendizajes fundamentales.

La autonomía de las escuelas y la contextualización regional son compatibles con la existencia de referencias nacionales claras. Cada estudiante debería saber, al finalizar cada grado, qué competencias matemáticas, lectoras y científicas debe dominar. Los docentes también necesitan objetivos comunes, materiales pertinentes y acompañamiento profesional.

Contextualizar no significa renunciar a estándares. La educación pública puede adaptarse a las realidades locales y, al mismo tiempo, asegurar que todos los estudiantes alcancen conocimientos esenciales.

México necesita una estrategia de recuperación y mejora que vaya más allá de declaraciones y programas fragmentados. Esa estrategia debería incluir, al menos: Un diagnóstico nacional periódico, con resultados públicos y comparables por entidad, modalidad y nivel socioeconómico.

Una definición clara de los aprendizajes esenciales para cada grado, especialmente en Matemáticas, Lectura y Ciencias.Tutorías y apoyos focalizados para estudiantes con mayores pérdidas, no sólo actividades generales para todo el grupo.

Más tiempo efectivo de aprendizaje, mediante jornadas ampliadas, asesorías y programas de recuperación donde sea necesario. Atención a la desigualdad digital y social, porque las carencias de conectividad, alimentación, salud mental y transporte también afectan el aprendizaje.

La recuperación no puede esperar a la próxima edición de PISA. Para cuando llegue esa medición, una nueva generación habrá atravesado buena parte de su educación básica y media superior.

Los resultados de PISA 2025 son consecuencia, en parte, de las pérdidas provocadas por la pandemia de COVID-19. Pero también son el resultado de una respuesta educativa insuficiente para compensarlas.

México no enfrenta solamente un problema de posiciones en una tabla internacional. Enfrenta una deuda con millones de jóvenes cuya capacidad de continuar estudiando, incorporarse a empleos de calidad y participar plenamente en la sociedad depende de conocimientos que debieron adquirir en la escuela.

La lección de PISA 2025 es clara, no basta con reabrir las aulas ni con afirmar que el sistema ha resistido. La verdadera recuperación comenzará cuando las autoridades reconozcan las pérdidas, reconstruyan la evaluación, definan objetivos verificables y coloquen el aprendizaje efectivo de los estudiantes por encima de cualquier disputa política.

La pandemia dejó una herida profunda en la educación mexicana. Lo que ocurra después de PISA 2025 determinará si el país decide atenderla con seriedad o simplemente aprende a convivir con ella.