*NEMESIS .
/ Fernando Meraz Mejorado /
Se da una lucha serena pero firme que recorre sus pasillos, museos y zonas arqueológicas el movimiento que nace al interior del INAH responde a causas profundas, tan antiguas como el propio abandono que denuncia. Año tras año, su presupuesto se ha recortado en términos reales, como si el gobierno juzgara que conservar su propia identidad es un gasto prescindible y no la base sobre la cual debe edificarse la nación. La falta de recursos se vuelve herida visible: faltan materiales para restaurar, se descuida el mantenimiento de techos y muros, los sistemas de protección son frágiles y gran parte del patrimonio permanece expuesta al tiempo sin defensa adecuada. Es igual que haber dejado a la intemperie los pergaminos donde está escrita nuestra historia.
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Esta escasez golpea primero a quienes son sus verdaderos guardianes: investigadores, restauradores, arqueólogos y personal de custodia trabajan bajo condiciones que desgastan día a día su vocación. Hay plazas vacantes sin cubrir, contratos temporales que niegan certeza, salarios estancados y normas que detienen el progreso o desconocen derechos ya reconocidos —como establece el Laudo 44/21—. Se les pide cuidar un tesoro inmenso, pero se les entrega sin herramientas ni manos seguras para hacerlo; se exige dedicación absoluta, mientras su labor se trata como algo secundario y fácil de sustituir.
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Las consecuencias no quedan solo en las oficinas, llegan directamente a la tierra y a la piedra. Con menos personal y menor vigilancia, los sitios arqueológicos quedan vulnerables ante el saqueo, el vandalismo, el daño intencionado o hechos violentos —como ocurrió recientemente en Teotihuacán—. Se acortan los tiempos de trabajo en campo y se limita la libertad de indagar; las reglas de operación se convierten en barreras que frenan el avance del saber, poniendo en riesgo que lo que aún espera ser descubierto se pierda para siempre bajo el suelo sin haber sido jamás escuchado.
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Pero existe una razón más honda que da alma a esta protesta, la defensa irrenunciable de su autonomía. Al interior se percibe claramente que proyectos y decisiones han dejado de guiarse solo por la ciencia, el estudio riguroso y la conservación, para ceder paso a criterios y prioridades ajenas —como sucedió durante el desarrollo del Tren Maya—. Se siente que la brújula propia del Instituto ha sido desplazada, y que esta casa, concebida para ser independiente guardiana de la verdad histórica, se ve obligada a servir intereses políticos que cambian con cada administración.
Por eso este movimiento es mucho más que una demanda laboral: es la voz viva de la memoria que reclama ser bien tratada. Ya vimos cómo la pobreza deja cicatrices profundas en las personas y en las calles; aquí ocurre algo paralelo: el abandono institucional deja huellas imborrables en el tiempo mismo. El INAH funciona como el espejo donde México se mira para saber de dónde viene; cuando se le quita sostén, recursos y autonomía, se le borra nitidez a esa imagen. Quienes hoy se manifiestan están diciendo con claridad absoluta: no protegemos simplemente piedras, vasijas o construcciones antiguas; protegemos la continuidad viva de lo que somos, y sin ella, el país queda sin raíces firmes que lo sostengan


