*La fatiga por compasión es un concepto reciente, acuñado en 1992 por la enfermera Carla Joinson para describir la pérdida de la capacidad del personal de cuidado para sostener su labor.
Escrito por Yaeli Morales Jalpilla y Sofía Torres Rivera, equipo psicosocial, Instituto para las Mujeres en la Migración, AC IMUMI
En 1995, el psicólogo Charles Figley utilizó este término para abordar el estrés traumático secundario, definiéndolo como “las conductas y emociones naturales que resultan de saber sobre un evento traumático experimentado por un ser querido, o el estrés resultante de ayudar o querer ayudar a la persona que sufre”. Así, cuando se habla de fatiga por compasión, se trata de experimentar, a través del relato, las situaciones traumáticas que ha vivido una persona, por ejemplo, en contextos de movilidad y extrema vulnerabilidad.
Esta fatiga puede manifestarse de manera diferente en cada persona según su historia de vida y sus redes sociales o profesionales. Entre sus principales manifestaciones están la disminución de la disposición hacia el cuidado y el desgaste de los sentimientos de empatía, los cuales pueden ser sustituidos gradualmente por desapego emocional, distanciamiento e incluso aislamiento social.
En el personal de apoyo a personas migrantes y defensoras de derechos humanos, estas reacciones suelen vincularse con la exposición constante al sufrimiento y a realidades profundamente violentas: secuestros en la ruta, extorsiones, violencia de género, separación familiar y, en muchos casos, la muerte.
Sumadas a las dificultades institucionales y personales, estas experiencias pueden llevar a que las y los acompañantes se concentren únicamente en resolver las necesidades urgentes (trámites, asilo, comida) y descuiden la contención emocional, ya que están atravesados por historias de vida que inevitablemente impactan a quien las escuchan.
Asimismo, pueden presentarse emociones complejas como ira, intolerancia, irritabilidad, tristeza profunda, ansiedad y desesperación, afectando las relaciones interpersonales y generando sentimientos de desconexión.
También surgen dificultades cognitivas, problemas de concentración, fallas en la toma de decisiones o falta de claridad en el pensamiento, y sensaciones de impotencia ante políticas migratorias que rebasan su labor. De igual forma, el cuerpo responde con malestares físicos como dolores de cabeza, migrañas, problemas digestivos o insomnio crónico.
Como consecuencia, el personal puede experimentar temor o incomodidad al trabajar con determinados casos o testimonios, especialmente aquellos relacionados con la crueldad extrema o el abuso sexual, lo que lleva a evitarlos de manera progresiva. Así, la persona podría dejar de realizar actividades que antes formaban parte de su vocación y que le daban sentido a su labor. De este modo, surgen la insatisfacción y la culpa al asumir que «no se está haciendo lo suficiente» por las personas migrantes.
Ante este panorama, las estrategias de autocuidado y cuidado colectivo se vuelven un eje central para prevenir y mitigar la fatiga por compasión. Las medidas de base incluyen procurar una alimentación saludable, realizar actividad física, mantener contacto con la naturaleza y defender el derecho al descanso.
Sin embargo, también es vital construir una identidad sólida fuera del activismo o el trabajo humanitario, cultivando vínculos afectivos y pasatiempos que no estén relacionados con la migración.
Cuando estas acciones no son suficientes, cambiar el lente con el que se observa la labor de acompañamiento se convierte en una estrategia de supervivencia. Esto implica reconocer intencionalmente el impacto positivo que tiene la defensa de los derechos humanos y darle peso a los aspectos gratificantes de ayudar a quienes transitan o están en el país.
Este ejercicio puede acompañarse de la escritura reflexiva, de modo que sea posible identificar a tiempo los síntomas de estrés y soltar la exigencia de «salvar», recordando que la crisis migratoria es sistémica.
El propósito del autocuidado no radica únicamente en preservar el rendimiento de quienes asisten a la población migrante, sino en proteger su identidad, autonomía e integridad personal.
En el marco del Día Mundial de la Salud Mental (10 de octubre), es urgente recordar que conocer los propios límites, sostener redes de apoyo y mantener espacios de disfrute no es un privilegio ni una traición a la causa, sino una condición indispensable para seguir acompañando sin desgastarse en el intento.

