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/ Tere Vale /
La invasión de Rusia a Ucrania, el expansionismo de EUA, la fragilidad europea, las elecciones intermedias estadounidenses. la guerra con Irán, los altos precios del petróleo, especialmente los del gas y el diésel, son todos ingredientes indispensables para la generación de la tormenta perfecta o las guerras perfectas, como ustedes prefieran.
Estamos viendo desde hace ya algunos años cómo una absurda situación internacional se entrelaza con una crisis energética, con los incentivos electorales de la política estadounidense y los apetitos autoritarios de dos autócratas: Putin y Trump. La cosa se ve muy complicada.
Lo que está ocurriendo este octubre de 2026 es especialmente revelador. Trump ha presionado a Zelenski (su pasión es humillarlo) para detener los ataques ucranianos contra las refinerías rusas. Según el Financial Times, Washington incluso ha amenazado con suspender la venta de armamento a Ucrania, así como los apoyos que le da en inteligencia y que son vitales para la sobrevivencia de los ucranianos.
El afán de permanencia de Putin y Trump en el poder juegan en esto un papel muy importante. Empecemos por recordar que Putin lleva más de 26 años en el poder y, gracias a las reformas constitucionales que hizo Vladimir en 2020, casi se podría asegurar que permanecerá como presidente hasta 2036. Numerosos estudios académicos clasifican al régimen ruso como una autocracia electoral o un sistema autoritario.
En el caso de Donald Trump, su discurso es sin duda populista, confronta abiertamente a sus adversarios, así como a instituciones y medios críticos que no lo caravanean. Ambos usan una retórica nacionalista y cultivan una imagen de liderazgo personal fuerte, autoritario e inmisericorde.
En cuanto a Zelenski, la relación con Trump ha estado marcada por enfrentamientos públicos y presiones sobre las condiciones para negociar con Rusia. No exagero si considero que la mayoría de las exigencias de Washington favorecen los intereses de Moscú. Pareciera que Trump busca de una u otra forma beneficiar a su amigo Putin. En cuanto a Europa y su dependencia del gas ruso hay que decir que Francia continúa comprando gas licuado ruso, más que Alemania, pero igual que otros países europeos.
El gas ruso para la UE aún representa el 12% de la demanda comunitaria, según la Agencia Reguladora de Energía (ACER) y compran una buena parte del resto precisamente a Estados Unidos. Ahí viene el invierno y dependen del suministro del gas para sobrevivir.
Trump está enfrentando además fuertes presiones internas por los precios del diésel especialmente. Su encarecimiento incide en el transporte, la agricultura, las cadenas de suministro y, finalmente, en el costo de vida.
Trump afronta el 3 de noviembre con las elecciones intermedias que tanto le preocupan, en un momento en que su aprobación va de mal en peor. La guerra en Oriente Medio y las perturbaciones del estrecho de Ormuz más todo lo anterior, están afectando innegablemente los mercados energéticos también.
¿Hasta qué punto una democracia puede permitir que sus necesidades electorales condicionen decisiones de seguridad cuyos efectos podrían durar muchos años y afectar a todo el mundo? Es un asunto de vida o muerte. No soy muy optimista.

