Florecer en otoño

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/ Por Deborah Buiza /

A la entrada de una escuela secundaria veo a varios chicos sosteniendo ramos de flores amarillas. En otra parte del planeta el calendario señala el inicio de la primavera. Aquí no; en la Ciudad de México estamos a un pasito del otoño y, sin embargo, por estos días los puestos de flores se empiezan a saturar de tonos amarillos.

Me acerco a un puesto y en una tarjetita se lee: “Regalar flores amarillas no es un detalle, sino un mensaje de esperanza y amor; quien te las da, te dice que quiere pasar la vida contigo”. Entiendo que el fenómeno viene de una serie argentina de 2004 —Floricienta— y que incluso tiene una canción popular. He de reconocer que para algunas tendencias llego ya un poquito tarde.

En esta ciudad, aun con su clima tan cambiante, se pueden encontrar flores amarillas cualquier mañana, y sospecho que somos afectos para sumarnos a cualquier motivo de celebración, así que ¿por qué no regalar flores amarillas? (aunque esté relacionado con la llegada de la primavera en otro hemisferio). Aunque si nos pusiéramos estrictos con la estación que nos toca, tal vez nos correspondería regalarnos unas calabacitas.

Como a mí no me gusta quedarme con la curiosidad, me pongo a investigar y encuentro que las flores de temporada para nuestro otoño también se visten de tonos amarillos y anaranjados. Los nardos, crisantemos, girasoles, las dalias y, por supuesto, el cempasúchil son parte de nuestra paleta otoñal. Parece que nosotros florecemos en amarillo, sí, pero no por la llegada del calor, sino por el anuncio de la temporada que se relaciona con la cosecha y la calma.

Me pregunto si, al igual que la naturaleza, los seres humanos también respondemos a nuestras propias estaciones. Nací en otoño, así que me gusta pensar que mi “florecer” sucede en esta época.

Es posible que la naturaleza nos ofrezca un espejo: atravesamos temporadas donde nos toca estar bajo tierra, echando raíces en silencio como semillas, para después crecer y abrirnos al exterior. Aceptar este ritmo implicaría reconocer también que en algún momento llegará el invierno —esa pausa donde parece que nada ocurre—, para luego reiniciar la secuencia hasta que la vida se agote.

Mirarnos desde esa ciclicidad puede proporcionarnos una serenidad muy necesaria en estos días de gran ajetreo, recordarnos que no estamos obligados a producir o brillar todo el tiempo, y que los inviernos personales, por crudos que sean, tampoco son para siempre.

A final de cuentas, uno florece donde puede y cuando se puede.

Cualquier día puede ser un buen día para inaugurar un nuevo ciclo en la vida, para florecer… cualquier mañana puede ser perfecta para regalarnos unas flores amarillas, sin importar si es por la primavera, por el otoño, por el simple gesto de halagar o por amar y ya.

Y tú, ¿en qué temporada sientes que podrías florecer?