Ana Laura Magaloni Kerpel
México está atrapado. La forma en la que funciona el acceso al poder político local está directamente asociada con la crisis de violencia e inseguridad del país. El caso del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, ilustra perfectamente esta trampa. ¿Qué va a hacer Morena al respecto de cara a la elección del 2027?
Según la acusación de la Fiscalía de Nueva York, a principios de 2021, cuando las campañas para la gubernatura apenas arrancaban, el entonces candidato Rocha Moya se reunió con Los Chapitos en un encuentro custodiado por sicarios armados con ametralladoras. El acuerdo fue explícito: los hijos de El Chapo garantizarían el triunfo a cambio de que, una vez gobernador, Rocha colocara en puestos de autoridad a funcionarios favorables a sus negocios criminales. En la jornada del 6 de junio se ejecutó ese contrato: robo de urnas en Culiacán, Mazatlán, Navolato y Elota; listas de opositores entregadas por el secretario de Finanzas para ser “neutralizados”; mandos policiales con instrucciones de no intervenir en los recintos, ni siquiera ante llamadas de emergencia que reportaban hombres armados en las mesas de votación, etc.
El día que Rocha Moya asumió la gubernatura, el 1 de noviembre de 2021, ya no era el gobernador de Sinaloa. Era el administrador político de un acuerdo que había quedado sellado tiempo atrás. Según la acusación, en la reunión poselectoral, él y el entonces secretario general de Gobierno (hoy senador) Enrique Inzunza entregaron el control operativo de la Policía Estatal a la organización criminal. Tiempo después, la gente en Sinaloa se quedó sin policías locales no coludidas con el crimen y atrapada en una crisis de violencia que ha costado muchísimas vidas.
Mal haríamos en pensar que este patrón solo es una anomalía sinaloense. El crimen organizado captura el poder local -gobernadores y alcaldes- durante la contienda electoral. Es ahí donde se produce la trampa. Cuando los mercados ilegales son rentables y el control territorial es disputado por los criminales, las elecciones se convierten en grandes catalizadores para redefinir o preservar los equilibrios entre grupos criminales. Dicho de otra manera, las campañas y los candidatos en el ámbito local son piezas fundamentales del control territorial de las organizaciones criminales.
Todo está puesto para que exista esa asociación. El candidato que acepta recursos del crimen organizado compite con una ventaja que ningún adversario puede igualar. La dupla candidato-crimen organizado es invencible. Lo grave viene después. Un gobierno que llega por el crimen no puede proteger a su gente, porque significaría enfrentarse a quien financió su llegada. La traición al mandato más básico del Estado -cuidar a las personas- no es un accidente de la narcopolítica. Es su consecuencia lógica e inevitable.
Está claro que los pactos entre candidatos y grupos criminales existieron antes de Morena. Sin embargo, hoy Morena concentra el poder local. En siete años logró conquistar 23 entidades federativas. Es posible que para hacerlo así de rápido, los pactos con el crimen se hayan profundizado y extendido en determinadas zonas del país. No lo sé. En todo caso, hoy, una de las asignaturas más importantes de Morena y del gobierno federal es separar el poder político del poder criminal. Creo que la decisión de la Presidenta de poner al frente de Morena a dos mujeres ejemplares por su integridad y entrega a la gente es una buena señal. Pero la batalla adentro va a ser compleja y ruda.
En la elección del 2027 se disputan 17 gubernaturas y más de 2000 alcaldías. Es decir, una buena parte del control territorial del crimen va a estar en juego. Morena puede arrasar en las urnas o puede gobernar para la gente. En ciertos estados, hacer las dos cosas al mismo tiempo es imposible. Postular candidatos que no dependan de pactos criminales puede significar perder gubernaturas y alcaldías que hoy parecen seguras. Aceptar esos pactos significa ganar el cargo y perder el gobierno y el control del territorio. Morena no puede jugar a ganar a toda costa. En ello sí nos estamos jugando la soberanía del país.












