*Astrolabio Político.
/ Por: Luis Ramírez Baqueiro /
“La confianza es madre de las acciones grandiosas”. – Friedrich Schiller.
El PAN veracruzano llega al 20 de junio no sólo ante una elección interna, sino ante una prueba de supervivencia política. La aspiración de Ana Cristina Ledezma López a la dirigencia estatal, en sustitución de Federico Salomón Molina, ocurre en el peor y al mismo tiempo más oportuno momento para Acción Nacional: cuando Morena creció hasta ocupar casi todo el tablero y cuando el panismo debe decidir si quiere ser oposición real o simple nostalgia electoral.
Ledezma llega como candidata de unidad, incluso como única planilla registrada, lo que puede leerse de dos maneras: como señal de madurez interna o como síntoma de un partido que ya no tiene suficientes grupos con fuerza para disputarse el control. El propio proceso ha sido presentado como histórico, pues abriría paso a la primera mujer al frente del PAN estatal. Pero el género, por sí solo, no reconstruye partidos; lo que reconstruye es autoridad moral, discurso, territorio y valentía política.
El PAN perdió mucho más que elecciones. Perdió identidad. Durante años permitió que sus siglas fueran administradas por intereses familiares, pactos de ocasión y liderazgos que confundieron militancia con franquicia. La salida de la familia Yunes de Boca del Río obliga al panismo a mirarse al espejo sin ese aparato que durante años le dio votos, estructura y también enormes costos políticos. Sin los Yunes, el PAN queda libre de una tutela pesada, pero también desnudo ante su verdadera dimensión orgánica.
A ello se suma una herida vieja: aquella etapa del llamado panismo rojo, cuando en los tiempos de Fidel Herrera Beltrán algunos cuadros blanquiazules aprendieron a convivir demasiado cómodamente con el poder priista. Después vendrían otros entendimientos, otras complacencias y una oposición que muchas veces pareció más preocupada por no incomodar que por fiscalizar. No es casual que durante el gobierno de Cuitláhuac García Jiménez ningún panista de peso terminara realmente pagando costos mayores. En política, los silencios también cobran factura.
Por eso, si Ana Ledezma quiere encabezar algo más que una administración partidista, tendrá que hacer cirugía mayor. Primero, reconciliar al PAN con su militancia, no con sus grupos. Segundo, construir una agenda ciudadana que hable de seguridad, salud, empleo, agua, corrupción y desarrollo municipal sin caer en el berrinche automático. Tercero, formar nuevos cuadros, no reciclar resentidos. Y cuarto, entender que oponerse no significa gritar más fuerte, sino argumentar mejor.
La oposición veracruzana tiene un dilema: seguir culpando a Morena de todos sus males o aceptar que buena parte de su derrota nació de sus propios excesos. Morena creció, sí, pero también creció sobre los escombros de partidos que abandonaron la calle, despreciaron a sus bases y convirtieron la política en reparto de cuotas.
Con Ana Cristina Ledezma, el PAN tiene una oportunidad real de recomponer la unidad perdida por las ambiciones malsanas de unos cuantos. Pero esa unidad no puede ser simulación ni fotografía de registro. Tiene que ser una reconstrucción profunda, incómoda y honesta. Porque el 20 de junio no se elige únicamente una dirigencia: se sabrá si el PAN todavía tiene vocación de futuro o si sólo administra con resignación el acta de defunción de su vieja grandeza opositora.
Al tiempo.
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx


