*Paralaje.
/ Liébano Sáenz /
Hace algunos años, durante las horas de una infortunada noche, mi esposa y yo recibimos una llamada que marcó nuestras vidas para siempre: la voz del otro lado me notificó que, a mi sobrino, que vivía con nosotros, lo tenían secuestrado. No hubo tiempo para entender. Me tocó negociar. La voz imponía reglas, definía tiempos, insultaba, amenazaba y colgaba. Cada silencio dejaba el peso de una vida en mis manos y, al mismo tiempo, la obligación de parecer fuerte frente a mi familia. Nadie merece vivir eso.
Esta semana, al ver el encuentro entre Ciro Gómez Leyva e Israel Vallarta, algo volvió. No por la sentencia: Vallarta fue absuelto y esa resolución debe respetarse. Volvió por el modo. Vallarta llegó a fijar el terreno, acusó a su anfitrión de tener un “equipo técnico mediático” para exponerlo y lanzó una frase que cambió el tono de la mesa: “La vida es como un restaurante, podemos pedir a la carta… pero al final hay que pagar la cuenta. Es la primera y última ocasión que nos vemos en un medio de comunicación pública; las próximas van a ser ante un tribunal”. Después de la amenaza se levantó y se fue.
Su tono, sus reglas, su forma de cortar la conversación y retirarse sin cerrar el diálogo me remitieron a una memoria que creía guardada, que se repitió durante toda la larga negociación por la vida de mi querido sobrino. Durante varios minutos el estudio pareció tomado por una lógica conocida para quienes hemos vivido ese miedo: el otro decide el ritmo, impone condiciones, sube el costo emocional y se va cuando quiere, fue la inconsciente develación de un método.
El caso Vallarta tiene una historia compleja. Hubo montaje, prisión de casi veinte años y una absolución. Todo eso importa. Pero también importan las víctimas que han sostenido otra verdad ante micrófonos y tribunales. En una democracia, esa voz tampoco puede desaparecer por incomodidad política o por cansancio mediático.
No sé si las víctimas y sus familiares vieron la entrevista como la vimos mi familia y yo. Pero sé algo: cuando alguien ha vivido un secuestro, reconoce ciertas cadencias del poder sobre el miedo. Si los medios no abren espacio a esas voces, ¿quién lo hará? La justicia dicta sentencias; la memoria social escucha heridas que todavía no encuentran reposo.


