*NEMESIS.
/ Fernando Meraz Mejorado /
Desde los sótanos de Palacio Nacional surgen, tejidas con falsa destreza, las cortinas de humo destinadas por el gobierno federal a ocultar lo que se asoma: un precipicio de sombras e incertidumbre que se abre, cada vez más hondo, bajo los pasos de la llamada Cuarta Transformación. Son velos ligeros, hechos de palabras y distracciones, que se desvanecen al primer soplo de verdad.
Estos se despliegan después de años y casi en vísperas del proceso electoral de 2027 comienza su marcha, como quien intenta borrar con un ademán la grieta que se ensancha bajo sus pies, mientras el tiempo —ese río que nadie detiene— corre implacable hacia una fecha que podría revelar cuán frágil era el suelo que pisaban.
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Ante el riesgo de que sus propias sombras los alcancen, la Fiscalía General de la República ha descorrido apenas un trozo del velo, sacando a la luz pública las carpetas que hoy cargan sobre el exgobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero. Nadie pretende, ni por un instante, presentarlo como paloma sin mancha ni espejo de pureza: sus manos, como las de tantos que han pasado por el poder, no han permanecido intactas. Sin embargo, tampoco se le reconoce ni se le concibe como el cerebro oscuro, el arquitecto de aquella infamia que enlutó a Ayotzinapa y rompió el alma del país. Señalarlo como autor intelectual parece, más que justicia, un gesto desesperado para desviar el cauce de la corriente para que no arrastre a quienes, más arriba y más adentro, sostenían las riendas del poder que dio la orden a la tropa de masacrar a los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Profesor Isidro Burgos” en Ayotzinapa Guerrero.
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Y es ahí donde el peligro acecha, callado como sombra entre las sombras. Al levantar la piedra para señalar a uno, la Fiscalía corre el riesgo de dejar al descubierto las raíces más hondas, los hilos invisibles que mueven la trama y que conducen, inevitablemente, hacia los capitostes del propio partido en el poder. Porque si se sigue el rastro de la verdad hasta su origen, puede que la tierra se abra y salpique, con un barro que el tiempo no logra limpiar, a quienes hoy se erigen como jueces y señores mientras ocultan, con prisa y con miedo, sus propias huellas.

