Las razones de una aprobación que resiste las controversias

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*CON SINGULAR ALEGRÍA

/ POR GILDA MONTAÑO/ 

¿Por qué Claudia Sheinbaum sigue conservando una aprobación ciudadana cercana al 70 por ciento, a pesar de las controversias, los cuestionamientos y los episodios que han puesto a prueba a su gobierno?

La pregunta merece algo más que una crítica de oposición o un aplauso de simpatizantes. Merece un análisis político.

¿Qué tiene Claudia que no tengan los demás? ¿Cuál es la fórmula que le permite mantener un respaldo tan significativo en medio de los problemas que enfrenta el país?

La respuesta no parece encontrarse en un solo factor. Hay que mirar la herencia política que recibió, la comunicación que mantiene diariamente con la ciudadanía, el significado histórico de su llegada a Palacio Nacional y, desde luego, la debilidad de quienes deberían representar una alternativa.

La medición nacional de TResearch del 26 de octubre de 2026 registra 69.8 por ciento de aprobación y 30.1 por ciento de desaprobación. Es decir, aproximadamente siete de cada diez respuestas expresan una opinión favorable sobre su gestión. Pero hay un dato que merece especial atención: la aprobación no es uniforme entre los distintos grupos de edad.

Entre las personas de 18 a 29 años alcanza 47 por ciento; entre quienes tienen de 30 a 49 años llega a 72.7 por ciento, y entre las personas de 50 años o más asciende a 79.4 por ciento. La diferencia entre los jóvenes y los adultos mayores es de 32.4 puntos porcentuales. No estamos, por tanto, ante una sociedad que piense de manera homogénea sobre su presidenta.

El episodio de Guadalupe Taddei, quien presentó su renuncia a la presidencia del Instituto Nacional Electoral el 26 de octubre, vuelve a colocar esta interrogante sobre la mesa. Su salida ocurrió en medio de señalamientos sobre presuntas irregularidades en contratos, posibles conflictos de interés y una investigación de la Auditoría Superior de la Federación. La presidenta Sheinbaum respaldó la decisión de que Taddei se separara del cargo y sostuvo que era conveniente evitar cualquier sombra de conflicto de interés.

El caso es delicado porque no se trata de una dependencia cualquiera: está en juego la credibilidad de una institución autónoma fundamental para la democracia mexicana. Las acusaciones deberán investigarse y acreditarse por las autoridades correspondientes. Pero el episodio también plantea una pregunta política: ¿por qué una controversia de esta magnitud no se traduce automáticamente en una caída de la aprobación presidencial?

Quizá la primera explicación se encuentre en la continuidad política. Claudia no llegó sola a Palacio Nacional. Llegó respaldada por un movimiento que construyó durante años una identidad, una narrativa y una relación directa con amplios sectores de la población. Heredó una base electoral, una estructura territorial y una política de programas sociales que para millones de personas representa un apoyo concreto en su vida cotidiana.

El efecto López Obrador sigue siendo una variable indispensable para entender su popularidad. No se puede separar completamente la aprobación de la presidenta de la fuerza política y simbólica del movimiento que la llevó al poder. Sin embargo, tampoco sería correcto atribuirle todo su respaldo a la herencia de su antecesor. Sheinbaum ha construido una presencia y un estilo propios, y será necesario observar cuánto de ese capital político logra sostener por méritos de su propia administración.

La segunda explicación está en su comunicación. La presidenta habla todos los días. Explica, responde, confronta, justifica y establece agenda. Su conferencia matutina no es solamente un ejercicio informativo: también es un instrumento de presencia política y construcción de legitimidad. Mientras sus adversarios cuestionan sus declaraciones, ella vuelve a ocupar el centro de la conversación pública.

Hay, además, un elemento simbólico que no debemos subestimar. México tiene por primera vez una mujer en la Presidencia de la República. Para una parte de la población, ese hecho representa una conquista histórica, una identificación y una expectativa que trascienden la evaluación de cada decisión gubernamental. Pero sería simplista pensar que el género explica por sí solo su aprobación. La ciudadanía también juzga resultados, decisiones y responsabilidades.

Y existe otro factor: la fragmentación de la oposición. Criticar al gobierno no basta para construir una alternativa. Una parte de la ciudadanía puede estar inconforme con determinados asuntos y, sin embargo, no encontrar en los partidos opositores una propuesta que le resulte más convincente.

Ahora bien, sería un error confundir aprobación con eficacia, popularidad con resultados o respaldo con un cheque en blanco.

La encuesta internacional del Pew Research Center, levantada entre febrero y abril de 2026 a 1,017 adultos mexicanos, ofrece una perspectiva complementaria. Encontró que 64 por ciento tenía una opinión favorable de Sheinbaum, pero también registró que 53 por ciento desaprobaba su desempeño frente al crimen organizado y la corrupción. Es una medición distinta, con otra metodología y otro periodo de levantamiento, pero resulta reveladora: una persona puede tener una opinión favorable de la presidenta y, al mismo tiempo, reprobar su actuación en asuntos fundamentales.

La inseguridad, la salud, la economía, la corrupción y la calidad de las instituciones siguen siendo problemas que deberán medirse con resultados y no solamente con discursos.

Entonces, ¿qué tiene Claudia?

Tal vez tiene una combinación de factores que sus adversarios no han conseguido contrarrestar: una conexión emocional con una parte importante de la sociedad, la continuidad de un movimiento político con arraigo, una narrativa reconocible y una estrategia de comunicación que le permite mantener la iniciativa aun en medio de las controversias.

Pero la verdadera prueba de una presidenta no consiste en conservar una cifra favorable en las encuestas. Consiste en demostrar que la confianza de la gente puede convertirse en mejores instituciones, mayor seguridad, justicia y bienestar.

Porque los mexicanos pueden perdonar errores, tolerar tropiezos y conceder tiempo. Lo que ningún gobernante debería dar por garantizado es la confianza de su pueblo.

Y esa, precisamente, es la pregunta que Claudia Sheinbaum tendrá que responder todos los días.

Gilda Montaño Humphrey
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