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/ Mónica Dana Missrie /
El surgimiento de las redes sociales generó la expectativa de que estas nuevas plataformas representarían un momento decisivo en la construcción de un mundo más justo y transparente. Se asumía que la exposición pública, la inmediatez de la conexión y la posibilidad de denunciar injusticias en tiempo real, contribuirían a consolidar una sociedad más consciente y menos tolerante frente al crimen. Sin embargo, la realidad ha revelado una paradoja inquietante: estas mismas plataformas también se han convertido en vehículos de propaganda de odio que no solo se limitan al espacio digital, sino que trascienden la pantalla y escalan en mayor magnitud en la vida real, contribuyendo a una generación masiva de crimen y violencia.
La propaganda de odio es un tipo de comunicación que busca promover el desprecio, la hostilidad y la discriminación contra un grupo de personas, generalmente por motivos de raza, religión, orientación sexual, ideología política u otros rasgos que los identifican.
Las principales características del discurso de odio son: promover la confrontación hacia un grupo determinado, la utilización de lenguaje violento y discriminatorio y la generalización de características negativas hacia todos los miembros de un grupo, sin reconocer diferencias individuales, y deshumanizando al grupo señalado, entre otras. El principal objetivo es polarizar y generar divisiones en la sociedad y generalmente recurre a la manipulación o a la información falsa para justificar la violencia y la exclusión.
A lo largo de la historia, la propaganda ha sido utilizada como una herramienta política para manipular la opinión pública, consolidar el poder y justificar acciones contra determinados grupos. Algunos ejemplos claros de la historia donde se ha utilizado este tipo de propaganda son la Guerra de los Balcanes, el genocidio de Tutsis en Rwanda y la Alemania nazi. Los discursos de odio han estado presentes a lo largo de la historia, a pesar de que los medios que los difunden han ido evolucionando con el desarrollo de la tecnología.
Actualmente, plataformas como Instagram, YouTube, Facebook y Twitter son utilizadas para difundir este tipo de propaganda con un alcance masivo, gracias a su velocidad de difusión y al anonimato que facilita la reproducción de discursos de discriminación y violencia.
Una manera de generar repulsión en redes sociales es por medio de bots a través de cuentas automatizadas para difundir mensajes de desprecio, desinformación o polarización de manera masiva repitiendo consignas extremistas para que parezcan más populares de lo que son. También existen las redes coordinadas o botnets, donde muchos sistemas son manejados desde una misma cuenta para actuar como si fueran personas reales, empleando el uso de hashtags y repetición de imágenes hasta lograr saturar la conversación. Estos recursos son utilizados especialmente por movimientos extremistas, campañas políticas y grupos de desinformación que lucran a través de clicks y tráfico en sus páginas.
En los últimos años, muchas personas han normalizado la hostilidad y la agresión en las plataformas digitales, se han acostumbrado a ver mensajes agresivos, insultos y burlas crueles como si esto fuera normal en un debate en línea. En la era digital es muy fácil manipular información y distorsionar noticias sin ninguna consecuencia. Esta falta de responsabilidad facilita la propaganda de odio en cuestión de segundos y permite que la información falsa se repita y termine siendo percibida como verdadera.
Es importante cuestionarnos cuáles son las acciones que están tomando quienes dirigen estas plataformas. ¿Son realmente conscientes de las consecuencias que puede tener que estos mensajes se transmitan sin control? ¿Hasta dónde puede llegar el odio cuando nadie lo detiene y quién asume la responsabilidad cuando las palabras que comenzaron en una pantalla terminan teniendo consecuencias en la vida real?
Es necesario fomentar la autorregulación de lo que se publica en las redes sociales y establecer límites y consecuencias cuando el contenido promueve el odio, la difamación o la desinformación deliberada. La libertad de expresión protege el derecho a expresar ideas; no convierte el odio, la amenaza o la incitación a la violencia en un derecho sin límites.
Mónica Dana Missrie /Enlace Judio

