Mariana Rodríguez del Toro, la mujer insurgente que desafió al virreinato

Banner

*Se trata de una de las protagonistas de la conspiración de 1811.

15.09.2026., México.- Durante años, la historia de la Independencia de México se contó alrededor de nombres como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, José María Morelos, Vicente Guerrero, Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario. Sin embargo, detrás de las campañas militares, los levantamientos armados y las grandes decisiones políticas también existió una amplia red de mujeres que participaron en conspiraciones, transportaron mensajes, proporcionaron recursos, atendieron a combatientes, realizaron tareas de inteligencia y, en algunos casos, enfrentaron directamente a las autoridades virreinales.

Entre esas mujeres estuvo Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, una novohispana vinculada a los sectores acomodados de la Ciudad de México que en 1811 asumió un papel político que desbordaba las expectativas impuestas a las mujeres de su época.

Su nombre aparece en documentos y estudios históricos relacionado con la llamada Conspiración de 1811, también conocida como la Conspiración del Lunes Santo. El episodio tuvo como propósito capturar al virrey Francisco Xavier Venegas y utilizarlo como rehén para negociar la liberación de los principales dirigentes insurgentes que habían sido aprehendidos después de la derrota de las fuerzas de Miguel Hidalgo.

La importancia de Mariana no radicó en haber comandado tropas ni en haber participado en una batalla. Su intervención ocurrió en otro terreno de la guerra: el de la conspiración política, la organización clandestina y la resistencia frente al poder virreinal.

Y precisamente ahí se encuentra una de las claves para comprender por qué su historia permaneció durante tanto tiempo en un segundo plano.

Una mujer en una sociedad que reservaba la política a los hombres

Para entender la dimensión de la actuación de Mariana Rodríguez del Toro es necesario observar primero el contexto social en el que vivió.

La sociedad novohispana estaba organizada alrededor de profundas diferencias sociales, económicas y jurídicas. Las mujeres tenían limitadas sus posibilidades de participación pública y política. Para la mayoría, la vida estaba relacionada con el hogar, la familia y las obligaciones religiosas, mientras que los espacios de decisión política, administración y guerra estaban dominados por los hombres.

La historiografía sobre las mujeres en la Independencia ha señalado que esas restricciones no significaron, sin embargo, que ellas estuvieran ausentes del proceso. El Archivo General de la Nación documenta que las mujeres participaron como mensajeras, financiadoras, informantes, enfermeras y combatientes, además de intervenir en redes clandestinas que sostenían a los insurgentes.

En ese contexto, la participación de Mariana adquiere una dimensión particular: no se limitó a respaldar a un esposo, familiar o dirigente insurgente. Las fuentes históricas la presentan como una mujer que tomó la iniciativa dentro de una reunión política clandestina y planteó una acción concreta contra el gobierno virreinal.

La tertulia que terminó en conspiración

La noche del Lunes Santo de 1811, Mariana y su esposo, Manuel Lazarín, se encontraban reunidos con simpatizantes de la causa independentista en su casa de la Ciudad de México.

Aquellas reuniones podían presentarse como tertulias, espacios de conversación y convivencia habituales entre personas con intereses culturales y políticos. Pero en una ciudad sometida al control de las autoridades virreinales, las conversaciones entre simpatizantes de la insurgencia podían convertirse en espacios para intercambiar información y establecer contactos.

La situación cambió aquella noche.

Después de la captura de Miguel Hidalgo y otros dirigentes insurgentes, el gobierno virreinal hizo pública la noticia y celebró el golpe contra el movimiento iniciado en 1810. Las campanas de la Catedral y las salvas de artillería anunciaron la victoria de las autoridades.

En la casa de los Lazarín, la noticia tuvo el efecto contrario.

Las fuentes históricas atribuyen a Mariana la iniciativa de plantear una respuesta. La frase que tradicionalmente se le atribuye cuestionaba que la caída de los primeros dirigentes significara el final de la lucha y proponía una acción radical: liberar a los prisioneros y capturar al virrey.

El Congreso de los Diputados conserva documentación histórica en la que se señala que aquella reunión dio origen a la conspiración de 1811 y que los participantes llegaron a establecer un plan para apoderarse de Francisco Xavier Venegas.

El objetivo no era solamente atacar a una autoridad.

La intención era convertir al virrey en una pieza de negociación. De acuerdo con las fuentes históricas, los conspiradores pretendían entregarlo a la Suprema Junta Nacional Americana, encabezada por Ignacio López Rayón, para utilizarlo como rehén e intentar conseguir la libertad de los dirigentes insurgentes capturados.

La conspiración, por tanto, tenía una dimensión política: buscaba alterar la relación de poder entre las autoridades virreinales y los insurgentes.

La delación que terminó con el plan

La conspiración no llegó a ejecutarse.

El plan fue descubierto después de que uno de los participantes, José María Gallardo, acudiera a confesarse y la información sobre la conjura llegara a las autoridades. Las fuentes difieren en algunos detalles de la narración del episodio, pero coinciden en el desenlace: Mariana y su esposo fueron detenidos y sometidos a un proceso por conspiración.

Para Mariana, el fracaso del plan no significó el fin de su participación política.

Significó el inicio de años de prisión.

El Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México ha documentado que durante el proceso fue sometida a presiones para revelar información sobre sus compañeros de conspiración. Una fuente del INEHRM recupera incluso un testimonio publicado en 1825 que describe los interrogatorios y las presiones ejercidas contra ella.

Otra referencia oficial de la Cámara de Diputados señala que Mariana permaneció encarcelada hasta diciembre de 1820, después de pasar prácticamente toda la guerra de Independencia bajo prisión.

Su encarcelamiento constituye una parte central de su historia porque muestra otra dimensión de la participación femenina en la guerra: las mujeres que colaboraban con la insurgencia podían ser perseguidas, encarceladas, interrogadas y torturadas por las autoridades.

No todas murieron en el campo de batalla.

Muchas fueron castigadas precisamente porque las autoridades reconocían el valor estratégico de sus actividades.

Una resistencia que no terminó con la prisión

La documentación histórica señala que Mariana no cedió ante los interrogatorios.

El perfil biográfico elaborado por la Cámara de Diputados sostiene que incluso durante su encarcelamiento intentó mantener su compromiso con la causa independentista y que llegó a imaginar nuevas conspiraciones, aunque las condiciones de prisión impedían que prosperaran.
Este aspecto resulta particularmente relevante desde una perspectiva de género.

La imagen tradicional de la mujer durante la Independencia suele reducir su participación a acompañar a los hombres, cuidar heridos, preparar alimentos o apoyar a familiares combatientes. Esas tareas fueron reales y tuvieron importancia para la supervivencia de los ejércitos insurgentes, pero no abarcan todo el espectro de la participación femenina.

Mariana representa otra categoría: la mujer que intervino en la discusión política y tomó decisiones dentro de una estructura conspirativa.

No aparece únicamente como esposa de Manuel Lazarín.

Su actuación está documentada por separado.

La propia Cámara de Diputados ha reconocido que su participación implicó romper con los estándares sociales que delimitaban la actuación femenina de su tiempo.

La perspectiva de género permite observar precisamente esa diferencia: mientras la historia tradicional colocó en primer plano a los dirigentes militares y políticos, muchas mujeres fueron relegadas a papeles secundarios, aun cuando participaron en acciones que tuvieron consecuencias directas para el desarrollo de la insurgencia.

Mariana no fue una excepción

La historia de Mariana Rodríguez del Toro no ocurrió de manera aislada.

Durante la guerra de Independencia hubo mujeres que realizaron actividades muy distintas dentro del movimiento insurgente.

Josefa Ortiz de Domínguez participó en las redes de conspiración de Querétaro y, cuando la conspiración fue descubierta, consiguió hacer llegar el aviso que permitió a los insurgentes actuar antes de que fueran detenidos. El Archivo General de la Nación reconoce su intervención como uno de los episodios relevantes del inicio de la insurrección.

Leona Vicario aportó recursos, información y trabajo de comunicación para la insurgencia. También utilizó sus conocimientos y recursos económicos para respaldar el movimiento.

Gertrudis Bocanegra participó en labores de información y enlace con los insurgentes y fue finalmente detenida y fusilada en Pátzcuaro en 1817. El INAH la incluye entre las mujeres cuya participación formó parte del proceso independentista.

Hubo además mujeres menos conocidas que transportaron mensajes, proporcionaron alimentos, auxiliaron a heridos, ocultaron insurgentes, aportaron dinero y realizaron actividades de inteligencia.

En 1814, por ejemplo, alrededor de 300 mujeres fueron detenidas en Pénjamo, acusadas de colaborar con la insurgencia. El episodio permite dimensionar que la persecución no se dirigió únicamente contra mujeres famosas o integrantes de las élites.

La guerra también modificó la vida de miles de mujeres que perdieron esposos, hijos y familiares, fueron desplazadas o quedaron expuestas a represalias por sus vínculos con los insurgentes.

La historia de Mariana forma parte de ese universo más amplio.

¿Por qué fue olvidada?

La pregunta sobre el olvido de Mariana conduce directamente a la manera en que se construyó la historia nacional.

Durante buena parte de los siglos XIX y XX, los relatos de la Independencia privilegiaron a los grandes caudillos militares y a los episodios considerados decisivos para la formación del Estado mexicano.

El resultado fue una narrativa centrada principalmente en hombres armados, batallas, pronunciamientos y dirigentes políticos.

La historiadora Martha Terán ha señalado que la tradición historiográfica patriótica tendió a disminuir a determinados personajes y a exaltar a otros, mientras que el desarrollo de investigaciones regionales y estudios sobre grupos sociales específicos permitió recuperar protagonistas que habían quedado fuera de los relatos nacionales más conocidos.

Desde esa perspectiva, el caso de Mariana permite observar un problema más amplio: la ausencia de mujeres no necesariamente significa ausencia de participación.

Significa también que durante mucho tiempo las actividades consideradas “políticas” fueron narradas como patrimonio masculino, mientras que las acciones desarrolladas por mujeres fueron clasificadas como auxiliares, domésticas o secundarias.

La perspectiva de género modifica esa lectura.

No consiste en convertir automáticamente a todas las mujeres de la Independencia en heroínas ni en sustituir una narrativa masculina por otra. Consiste en preguntar qué hicieron las mujeres, qué posibilidades tenían, qué obstáculos enfrentaron y por qué determinadas acciones fueron consideradas históricamente menos importantes.

En el caso de Mariana, las respuestas son significativas.

Participó en una conspiración política.

Propuso capturar al virrey.

Formó parte de una red que pretendía continuar la lucha después de la captura de Hidalgo.

Fue detenida.

Fue sometida a interrogatorios y presiones.

Permaneció encarcelada hasta 1820.

Y murió en 1821, el mismo año en que se consumó la Independencia.

Una vida que terminó antes de ver la consumación

Mariana recuperó su libertad el 20 de diciembre de 1820, de acuerdo con la documentación biográfica de la Cámara de Diputados.

Habían transcurrido casi diez años desde aquella reunión de 1811.

Cuando salió de prisión, el escenario político de Nueva España había cambiado radicalmente. La insurgencia había atravesado años de derrotas, reorganizaciones y resistencia. En 1820, la restauración de la Constitución de Cádiz en España modificó nuevamente el panorama político y abrió una etapa que conduciría a la consumación de la Independencia.

En 1821, el Ejército Trigarante entró en la Ciudad de México y el proceso independentista llegó a su desenlace político.

Mariana no alcanzó a vivir mucho tiempo en el México independiente.

Murió ese mismo año.

La fecha exacta de su nacimiento tampoco está plenamente establecida. El material del INAH sobre la Independencia la identifica como Mariana Rodríguez del Toro y señala aproximadamente 1775 como año de nacimiento, mientras que otras fuentes historiográficas manejan fechas distintas.

Esa falta de certeza sobre datos básicos de su biografía también habla del problema documental que rodea a muchas mujeres de aquella época.

De algunas se conservaron episodios concretos de su participación, pero no necesariamente una biografía completa.

El nombre que sobrevivió

Aunque durante décadas su historia permaneció fuera de los grandes relatos populares de la Independencia, Mariana Rodríguez del Toro no desapareció completamente de la memoria histórica.

Su nombre fue inscrito en letras de oro en el Congreso de la Unión como parte del reconocimiento a mujeres vinculadas con la lucha independentista. La Cámara de Diputados conserva documentación sobre la iniciativa, el dictamen y la sesión solemne relacionada con ese reconocimiento.

El reconocimiento institucional, sin embargo, no tuvo el mismo efecto que el de otras figuras de la Independencia.

Para buena parte de la población, los nombres de Hidalgo, Morelos, Allende, Josefa Ortiz o Leona Vicario forman parte del conocimiento escolar básico. Mariana Rodríguez del Toro continúa siendo mucho menos identificada.

Y ahí está precisamente la paradoja.

Una mujer que, según la documentación histórica, estuvo dispuesta a arriesgar su libertad para mantener activa la causa independentista terminó ocupando un espacio reducido dentro de la memoria pública.

La mujer detrás de la conspiración

Mariana Rodríguez del Toro no encabezó un ejército.

No ocupó un cargo gubernamental.

No escribió un manifiesto militar.

No murió en un campo de batalla.

Su escenario fue una casa de la Ciudad de México convertida temporalmente en espacio de discusión política. Su instrumento fue la conspiración. Su objetivo fue intervenir en el equilibrio de poder de la Nueva España. Su castigo fue la prisión.

Su historia permite ampliar la mirada sobre la Independencia.

La guerra no se libró únicamente en caminos, pueblos y campos de batalla. También tuvo lugar en casas particulares, reuniones clandestinas, redes de comunicación y espacios donde se discutía qué hacer frente al poder virreinal.

Y en algunos de esos espacios hubo mujeres tomando decisiones.

La historia de Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín es, por ello, más que la historia de una conspiración fallida.

Es el registro de una mujer que, en una sociedad donde la participación política estaba profundamente condicionada por el género, decidió intervenir en un conflicto que definiría el futuro de la Nueva España.

Su nombre sobrevivió en documentos oficiales, estudios históricos y en las letras de oro del Congreso.

Pero el hecho de que todavía sea necesario explicar quién fue demuestra que el reconocimiento institucional no siempre equivale a memoria colectiva.

Mariana murió en 1821, antes de que pudiera contemplar plenamente el país cuya independencia había defendido desde la clandestinidad.

Dos siglos después, recuperar su historia permite mirar la Independencia desde un ángulo distinto: no solamente desde quienes dirigieron ejércitos y ocuparon los principales lugares de los relatos patrios, sino también desde quienes conspiraron, resistieron, comunicaron, financiaron y desafiaron al poder desde espacios que durante mucho tiempo fueron considerados secundarios.

En ese sentido, Mariana Rodríguez del Toro ocupa un lugar específico dentro de la historia independentista: el de una mujer que, desde una reunión privada en la Ciudad de México, pasó de ser participante de una tertulia a protagonista de una conspiración contra el virreinato, y que pagó por esa decisión con casi una década de prisión.