*IMPRONTA
/ Carlos Miguel Acosta Bravo /
Las declaraciones del administrador de la DEA, Terrance Cole, representan mucho más que una postura personal. Reflejan la visión que una parte importante de las agencias de seguridad estadounidenses mantiene sobre México y anticipan un endurecimiento en la agenda bilateral en materia de combate al crimen organizado.
Afirmar que existe una “conexión mortal” entre los cárteles y el gobierno mexicano es una acusación de enorme alcance político y diplomático. No se trata únicamente de señalar la presencia del narcotráfico, sino de sugerir que las organizaciones criminales han logrado infiltrarse o influir en estructuras gubernamentales. Una declaración de ese nivel inevitablemente genera tensión entre ambos países.
El primer efecto será una mayor presión sobre el gobierno mexicano para demostrar resultados concretos. Estados Unidos probablemente incrementará las exigencias en materia de detenciones de líderes criminales, decomisos de drogas sintéticas, combate al lavado de dinero y desmantelamiento de redes de corrupción. Ya no bastarán los discursos de cooperación; Washington buscará indicadores medibles.
También es probable que aumente el intercambio de inteligencia entre ambos países, aunque bajo condiciones más estrictas. La DEA y otras agencias estadounidenses podrían insistir en tener mayor participación operativa, algo que históricamente ha generado diferencias por el tema de la soberanía nacional.
En el ámbito político, este tipo de declaraciones fortalece a los sectores estadounidenses que consideran insuficiente la estrategia mexicana de seguridad. Legisladores estadounidenses y funcionarios podrían impulsar nuevas sanciones financieras, restricciones comerciales relacionadas con el combate al crimen organizado o mayores investigaciones contra funcionarios públicos en México que sean considerados sospechosos de colaborar con organizaciones criminales.
Para México el reto será doble. Por un lado deberá mantener la cooperación con Estados Unidos, indispensable para enfrentar el tráfico de drogas, armas y dinero ilícito. Pero al mismo tiempo tendrá que defender su posición diplomática y evitar que las acusaciones generalizadas dañen la imagen de las instituciones mexicanas sin que existan procesos judiciales concluidos.
Otro aspecto relevante es el económico. La relación bilateral no depende únicamente de la seguridad. Ambos países mantienen una de las cadenas comerciales más importantes del mundo gracias al T-MEC. Sin embargo, cuando la agenda de seguridad domina la conversación política, también puede afectar la confianza de inversionistas y complicar futuras negociaciones comerciales.
En los próximos meses es previsible que aumenten los operativos conjuntos, las investigaciones financieras y las solicitudes de extradición, en columnas políticas se habla de ampliar la relación de gobernadores mexicanos que formarían parte de solicitudes de extradición. También podrían presentarse nuevas acusaciones contra integrantes de grupos criminales e incluso contra servidores públicos si las autoridades estadounidenses consideran contar con elementos suficientes.
La relación entre México y Estados Unidos difícilmente se romperá, porque la interdependencia económica, migratoria y comercial es demasiado grande. Sin embargo, actualmente parece entrar en una etapa de mayor desconfianza y exigencia. La cooperación continuará, pero será más incómoda, más vigilada y con un mayor componente político.
En este escenario, el mayor desafío para ambos gobiernos será evitar que las diferencias diplomáticas debiliten la coordinación contra un problema que afecta a los dos países. Mientras Estados Unidos exige resultados inmediatos, México enfrenta el reto de demostrar que el combate al crimen organizado puede realizarse con eficacia, respetando su soberanía y fortaleciendo sus instituciones de justicia.
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Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte del cuerpo académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la Universidad Anáhuac, campús norte.


