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/Por: Zaira Rosas /
¿Estamos ante la posibilidad de una nueva pandemia? La respuesta inminente es sí, no necesariamente será por el Hantavirus, como tampoco lo fue con la viruela del mono, pero la necesidad humana de apoderarnos de territorios, colonizar reservas naturales y desarrollar espacios turísticos de considerable inversión, entre muchas otras decisiones, han provocado un desequilibrio ambiental que se nota y nos está pasando la factura también en el sistema de salud.
No es casualidad que recientemente el Síndrome de ovario poliquístico cambiara de nombre a Síndrome Ovárico Metabólico Poliendocrino, porque ahora sabemos que detrás hay fallas multisistémicas y hormonales, mismas que si bien se han estudiado con mayor intensidad en los últimos años, también es una realidad que se ha incrementado la probabilidad con la que mujeres pueden desarrollar estos padecimientos.
¿Cuál es su origen? Aún es incierto, sin embargo la medicina ancestral podría atribuirlo a la alimentación, los orígenes de todo lo que consumimos y nuestro ritmo de vida, cada vez más acelerado por retribuir y pertenecer a un entorno que prioriza la producción por encima de un bienestar mayor, el caso más claro es Perfect Day, donde una inversión de más de mil millones de dólares y recibir a más de 20 mil personas diarias puede ser justificación suficiente para arrasar con el ecosistema de un lugar donde viven menos de 3000 habitantes.
El complejo turístico que pretende crear Royal Caribbean afectaría a manglares, arrecifes, especies endémicas y generaría un enorme consumo de agua, sin mencionar la cantidad de desechos para una región como Mahahual, proyectos como este muestran el interés de las empresas en apoderarse de territorios vírgenes bajo un supuesto desarrollo económico y el impulso de estos espacios, sin embargo, no se muestra todo el proceso de explotación e irregularidad que habría detrás. A esto se refería Bad Bunny cuando escribió “Lo que le pasó a Hawaii”, pues aunado al daño ambiental, llega también un desequilibrio social con los procesos de gentrificación.
Todo lo anterior podría parecer exageración, más no podemos negar la contradicción en la idea progreso, pues avanzamos, pero para ello pareciera indispensable destruir. Las selvas se vuelven concreto, las reservas son desplazadas bajo el discurso de crecimiento económico y mientras tanto como humanidad interactuamos con nuevas especies que van mutando a la par que nuestro sistema inmunológico parece irse debilitando.
Lo más alarmante no es únicamente el daño, sino la facilidad con la que aprendimos a normalizarlo. Se normaliza que comunidades pierdan acceso al agua porque un desarrollo inmobiliario requiere abastecimiento continuo; se normaliza destruir manglares para construir zonas exclusivas; se normaliza vivir agotados, medicados y emocionalmente exhaustos como si el cansancio permanente fuera el precio inevitable de la productividad. Todo debe expandirse, crecer y monetizarse, incluso cuando el costo ecológico y humano resulta irreversible.
Después de una pandemia mundial uno imaginaría que habríamos entendido los límites de nuestra intervención sobre la naturaleza. Sin embargo, la velocidad con la que continúan aprobándose megaproyectos demuestra lo contrario. Seguimos actuando como si las advertencias científicas fueran desproporcionadas y no señales de una crisis cada vez más evidente. Cada nuevo brote epidemiológico genera sorpresa momentánea, aunque en el fondo sabemos que muchas de estas amenazas son consecuencia directa de décadas de explotación ambiental y decisiones políticas orientadas más por intereses económicos que por salud pública.
Quizá el error más grande fue confundir comodidad con bienestar y crecimiento con evolución. Tener más infraestructura no necesariamente implica vivir mejor, sobre todo cuando para conseguirlo destruimos aquello que hace posible la vida. El desarrollo auténtico no debería medirse por la cantidad de inversión extranjera ni por el número de construcciones inauguradas cada año, sino por nuestra capacidad de preservar ecosistemas, garantizar salud y mantener un equilibrio mínimo con el entorno que habitamos.












