*NEMESIS.
/ Fernando Meraz Mejorado /
Ahora cuando todo está a punto de iniciar, el evento futbolístico global con la Copa Mundial de Fútbol merece la pena recordar, por su valor intrínseco el libro de don Manuel Seyde, cronista non de fútbol para el diario Excélsior, con la autorización necesaria.
“En Tokio, rememora el autor, cuando se elegía sede, llovía mucho. Argentina prometía estadios perfectos, estabilidad y hospitalidad; Seyde cuenta que a los mexicanos les dio risa, porque esas frases sonaban muy lejanas a la realidad que todos conocían.
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Los preparativos fueron una mezcla de prisa y caos: carreteras que se terminaron a última hora, estadios que se ajustaban sobre la marcha y gente de todo el país ayudando, aunque nadie tenía experiencia previa.
“Llegaron hinchas de todas partes: ingleses que se asombraron de la amabilidad, italianos que se sentían como en casa y brasileños que llenaron todo de alegría; todos compartían comida, cantos y calles, sin importar el idioma.
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La selección mexicana: jugó con el corazón, perdió pero dejó buen sabor; la gente no se fue triste, sino celebró haber podido ser parte del evento, abrazándose en las gradas y las calles.
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“El momento más grande: ver jugar a Pelé, su magia, cómo todo el mundo se detenía para verlo; y la final Brasil-Italia, donde el país entero gritó, lloró y festejó, haciendo de ese grito colectivo el verdadero “alarido” del título.
“Todo terminó así: no solo fue fútbol, sino que México se dio cuenta de que podía ser anfitrión del mundo, y que la fiesta, la calidez y la alegría eran su mejor carta de presentación.












