Palabras más, palabras menos

*Momento de Acotar

/ Francisco Cabral Bravo /

Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil.

Las ideas nunca desaparecen. Lo único que cambia es el momento en que vuelven a parecer razonables.

Durante las últimas dos décadas pensamos que la igualdad entre hombres y mujeres pertenecía a ese conjunto de conquistas que podían discutirse, ampliarse o perfeccionarse, pero difícilmente ponerse en duda. Nadie imaginó que, en pleno siglo XXI, volverían a ganar visibilidad discursos que reivindican la obediencia de la mujer al marido, presentan la dependencia económica como una virtud o cuestionan que cada persona ejerza plenamente su ciudadanía con independencia de su familia.

Las grandes batallas culturales rara vez anuncian su llegada. Empiezan pareciendo una moda, una ocurrencia o una discusión de internet.
Cuando nos damos cuenta de que estaban cambiando la forma en que entendemos el mundo, suelen llevar años ganando terreno.

Las tradwives, convertidas en un fenómeno global, reivindican una feminidad construida alrededor del hogar, el cuidado y la autoridad masculina. Al mismo tiempo, algunas voces del nuevo conservadurismo han comenzado a recuperar una vieja idea: que la familia, y no el individuo, debería volver a ocupar el centro de la representación política. De ahí reaparece el llamado “voto por familia”, una propuesta que, con distintos matices, plantea que el peso debe recaer en el hogar como unidad social y no exclusivamente en cada ciudadano.

Las primeras superan en el terreno cultural; la segunda, en lo político. Pero ambos responden a una misma visión del mundo.

Conviene hacer una precisión. No existe nada reprochable en que una mujer decida libremente dedicar su vida al hogar, criar a sus hijos o asumir una distribución tradicional de responsabilidades dentro de su familia. Esa posibilidad también forma parte de la libertad que las sociedades democráticas deben proteger. El problema comienza cuando esa elección deja de presentarse como una opción entre muchas y empieza a promoverse como el destino deseable para todas las mujeres. Cuando la autonomía deja de entenderse como un derecho y empieza a describirse como la causa del malestar contemporáneo.

Esa narrativa no apareció por accidente.
Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre. La precariedad laboral, la dificultad para acceder a una vivienda, el agotamiento emocional, la caída de la natalidad, la transformación acelerada de las relaciones afectivas y la sensación de que el futuro ofrece menos certezas que el pasado han producido una ansiedad colectiva que atraviesa buena parte del mundo. En momentos así, las promesas de orden adquieren un enorme poder de seducción.
Y pocas promesas resultan tan eficaces como aquellas que ofrecen papeles perfectamente definidos, el hombre provee, la mujer cuida; el padre dirige, la familia sigue; la autoridad sustituye la negociación.

Estas ideas ya no flotan únicamente en el vacío de internet.
Las tradwives no venden únicamente vestidos de lino, recetas de pan o cocinas impecables. Venden la ilusión de que la incertidumbre desaparece cuando cada persona acepta un papel previamente definido. El problema es que esa aparente estabilidad descansa sobre una distribución desigual de la autonomía y del poder.

Por eso, el llamado voto por familia es mucho más que una provocación intelectual: es una concepción de la democracia que sustituye al individuo por el lugar como sujeto político.
Durante siglos, millones de mujeres fueron excluidas de la vida pública asumiendo que el padre de familia ya representaba sus intereses. Reorganizar la representación política bajo esa lógica, donde alguien manda por naturaleza y otro obedece, no solo cuestiona el principio de igualdad política, sino que altera la manera misma en que entendemos la ciudadanía moderna.
No deja de ser paradójico que dos siglos después de que las democracias liberales lucharan por emancipar políticamente a las personas de la tutela del padre, del marido o del patrimonio familiar, volvamos a escuchar argumentos que, con un lenguaje distinto, apuntan en sentido contrario.

Las nostalgias tienen algo profundamente atractivo: simplifican el pasado para volver soportable el presente. Pero casi nunca son inocentes. Detrás de la promesa de recuperar el orden suele esconderse el intento de restaurar viejas relaciones de poder.

Las grandes regresiones democráticas rara vez comienzan con un golpe espectacular. Empiezan cuando ideas que parecían definitivamente detonadas vuelven a sonar razonables. Cuando la subordinación se presenta como una elección. Cuando la representación política se disfraza de protección. Cuando la desigualdad vuelve a venderse como sentido común.

Durante décadas dimos por sentado que la democracia consistía en ampliar el espacio de la autonomía individual. Que cada generación tendría más libertad que la anterior para decidir cómo vivir, cómo formar una familia o cómo participar en la vida pública. Oye esa convicción ha dejado de ser indiscutible. El debate ya no es únicamente quien gobierna, sino que tipo de sociedad queremos construir. Porque las transformaciones políticas más profundas nunca comienzan cuando se aprueba una ley. Comienzan mucho antes, cuando cambia aquello que una sociedad considera normal.
Las jerarquías nunca regresan anunciando que viene a quitar libertades. Regresan prometiendo devolver el orden.

En otro tema y tono “Que se olviden, aquí no volverá a ver elecciones. Jamás, jamás, jamás”. Esas fueron las palabras textuales del presidente nicaragüense, Daniel Ortega. Esto no es una novedad, pues no han existido elecciones auténticamente democráticas en los 19 años consecutivos en los que ha ocupado la presidencia del país centroamericano. Pero el hecho de dejar de fingir una competencia electoral va más allá de un evidente deterioro de la vida pública del país. En un momento en el que Washington ha replanteado su doctrina respecto a la región latinoamericana, estas declaraciones acaban de volver al régimen nicaragüense mucho más vulnerable a la presión externa.

Desde la captura de Nicolás Maduro y frente al riesgo latente de una operación similar en Cuba, ha surgido en el debate la posibilidad de que Nicaragua sea el siguiente. Si bien es el último eslabón de la tríada dictatorial de la región, cuesta comprender que ganaría Estados Unidos con ello. Sin embargo, la importancia de Nicaragua reside en lo que desencadena para tres pilares de la estrategia regional de Estados Unidos: doctrina hemisférica, influencia de potencias rivales y una potencial dimensión económica ligada a Trump.

De acuerdo con analistas de la Conferencia de Seguridad Hemisférica, Nicaragua ha sido un centro de actividad rusa durante años, con un valor estratégico para Moscú. Además, de acuerdo al Atlantic Council, Rusia le ha proveído a Nicaragua 90% de las armas del país. Pero el aliado más cercano y beneficioso sin duda es China.

Desde hace años, el gobierno nicaragüense ha impulsado el Canal de Nicaragua, un mega proyecto de más de 50,000 millones de dólares que busca competir con el Canal de Panamá.
Finalmente, si algo ha quedado claro en los últimos meses es que esta administración ha vuelto a poner como prioridad a América latina como área de influencia.

Bajo la denominada Doctrina Donroe, esta zona vuelve a ser el objetivo de dominación hemisférica de Estados Unidos. Marco Rubio ha hecho de este giro una cuestión tan política como personal.
Después de Venezuela y Cuba, Nicaragua sería el último pilar a vencer y, aunque no lo parezca, hay suficientes argumentos para plantearle a su jefe que es la decisión correcta.

Aterrizando este planteamiento en nuestro país, lo que ocurre en Cuba y en Nicaragua también será una prueba de coherencia para la política exterior de México.
Conforme avanza la estrategia de Estados Unidos, el mapa de aliados ideológicos en la región de la actual administración se estrecha cada vez más.