*Ventana.

/Alicia Alonso Merino/
El 9 de agosto de 2021, Lara1, una mujer trans, denunció haber sido agredida en la cárcel de Valladolid por un funcionario que pretendía obligarla a desnudarse para verificar sus genitales. Según su testimonio, al negarse, recibió un golpe que le causó lesiones físicas persistentes. El caso fue archivado. Años después, el Tribunal Constitucional obligó a reabrir la investigación al considerar que no se garantizó una indagación suficiente de los hechos2. A día de hoy, el caso sigue pendiente en la justicia.
Este episodio no solo revela una posible agresión transfóbica en prisión. Revela algo más profundo: la facilidad con la que estas violencias pueden ser ignoradas, minimizadas o directamente silenciadas por las propias instituciones encargadas de garantizar derechos.
Cuando hablamos de cárcel hablamos de poder. Pero también de cómo ese poder organiza los cuerpos, las identidades y las vidas dentro de sus muros. Las dinámicas internas en las prisiones reproducen las lógicas patriarcales de construcción de la feminidad, consolidan los papeles dicotómicos asignados y multiplican la violencia.
Las cárceles están estructuradas sobre una división binaria: prisiones “masculinas” y “femeninas”. Sin embargo, esta clasificación ignora la existencia de identidades trans y no binarias, y las somete a una violencia estructural constante. La asignación de las personas en función del sexo asignado al nacer o de criterios anatómicos no solo niega su identidad, sino que las expone a condiciones que afectan gravemente su salud mental, emocional y física.
Marilyn, una mujer trans que fue recluida en una prisión masculina en EE.UU., terminó siendo agredida sexualmente por un funcionario penitenciario, pese a las advertencias sobre el riesgo que corría3. María del Pilar denunció haber sido torturada, golpeada y humillada en distintos centros penitenciarios en Chile durante años, en un contexto marcado por la transfobia institucional4. Podría enumerar un sinfín de casos que demuestran que esta violencia no es excepcional ni localizada: es estructural y global.
Hasta la organización de las Naciones Unidas ha reconocido que la criminalización incentivada por el odio propician un clima en el que la violencia contra las personas lesbianas, gais, bisexuales y transgénero, tanto si es ejercida por agentes estatales como por otros presos, es tolerada y además goza de gran impunidad.
A esta violencia se suman prácticas cotidianas menos visibles pero igualmente dañinas: la prohibición de vestir conforme a la identidad de género, la restricción de productos básicos de cuidado personal o la interrupción de tratamientos hormonales. En mucho casos, no se trata de una cuestión estética, sino de salud. La suspensión de estos tratamientos puede provocar ansiedad, depresión, alteraciones físicas y un deterioro general del bienestar.
En respuesta a estos riesgos, algunos sistemas penitenciarios optan por la segregación “protectora”. Sin embargo, esta medida resulta ambivalente. Aunque en ciertos contextos puede reducir la exposición directa a la violencia, también implica aislamiento social, limitación de derechos y mayor vulnerabilidad frente a abusos por parte del propio personal penitenciario. En otros casos, la “protección” se traduce directamente en confinamiento solitario, con consecuencias psicológicas devastadoras.
Además, estas medidas en ocasiones, funcionan como estrategias depinkwashing: acciones que aparentan inclusión sin transformar las estructuras que generan exclusión. Crear módulos específicos o protocolos simbólicos puede mejorar la imagen institucional, pero no necesariamente las condiciones reales de vida de las personas trans y no binarias encarceladas.
El resultado es un entorno donde la violencia no solo ocurre, sino que se normaliza. Según las pocas investigaciones que hay, las personas LGTBIQ+ privadas de libertad enfrentan mayores riesgos de sufrir agresiones físicas, sexuales y psicológicas, tanto por parte de otros reclusos como del personal penitenciario. Un elemento común atraviesa toda esta experiencia es el miedo. Un miedo constante que define la vida cotidiana dentro de los muros.
Un miedo al que se le suma la invisibilidad, no como vacío, sino como una forma activa de producción de desigualdad. Cuerpos odiados, vigilados, corregidos, expuestos y violentados. Obligados a encajar, a esconderse y en permanente disputa. Cuando se castiga también la identidad, el encierro se convierte, una vez más, en un multiplicador de la violencia.
1 Nombre ficticio
2 https://www.eldiario.es/castilla-y-leon/constitucional-obliga-investigar-denuncia-agresion-transfoba-presa-carcel-valladolid_1_11734511.html
3 https://www.fuchsberg.com/es/blog/incarcerated-trans-woman-sexually-assaulted-by-correctional-officer-in-all-mens-prison
4 Y este: https://www.movilh.cl/ex-interna-trans-demanda-al-estado-por-torturas-y-transfobia-en-penales-de-cuatro-regiones-de-chile/













