Resiliencia y fortaleza: las otras batallas de Rocío Nahle

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*Palabra de mujer.

/ Billie J Parker /

Veracruz entra nuevamente en una etapa de alta intensidad política. Con el proceso electoral de 2027 cada vez más cerca, la disputa por el poder comienza a ocupar espacios en medios, redes sociales y estructuras partidistas. Y como suele ocurrir en estos periodos, junto con las propuestas aparecen las descalificaciones, los ataques personales y las campañas de confrontación, particularmente contra mujeres de la 4T.

En medio de ese escenario se encuentra la gobernadora Rocío Nahle, quien durante las últimas semanas ha sido objeto de golpeteo político, difamaciones y cuestionamientos que, en algunos casos, han dejado de concentrarse en sus decisiones como gobernante para trasladarse al terreno personal y hasta familiar.

La respuesta de la mandataria estatal Rocío Nahle ha sido no entrar en esa dinámica.

“Yo no tengo que caer en provocaciones ni bajar a un nivel al que quisieran llevarme”, respondió al ser cuestionada sobre los señalamientos en su contra.

La frase puede parecer solamente una respuesta política, pero adquiere otra dimensión cuando se observa desde una perspectiva de género.

Las mujeres que llegan a posiciones de poder enfrentan con frecuencia una presión adicional: no sólo se evalúa lo que hacen, de manera triple o cuádruple de lo que hacen con un hombre, sino también cuestionan cómo hablan, cómo reaccionan, cómo se comportan y hasta qué tan “agradables” resultan frente a sus adversarios.

A un hombre se le puede reconocer firmeza cuando confronta. A una mujer, la misma conducta puede ser presentada como arrogancia, intolerancia o mal carácter. Ahí comienza una de las desigualdades más persistentes de la política.

La exigencia de rendición de cuentas debe ser exactamente la misma para hombres y mujeres. Una gobernadora no puede pretender estar fuera del escrutinio público por el hecho de ser mujer. Sus decisiones, su gobierno, sus resultados y el ejercicio de los recursos públicos deben ser cuestionados cuando corresponda.

Pero una cosa es fiscalizar el poder y otra utilizar los estereotipos de género, la vida privada, la familia o mentiras y los insultos soecesby de origen cuestionables, como herramientas para intentar debilitar políticamente a una mujer.

Rocío Nahle también puso ese límite cuando señaló: “Cada quien es libre de opinar lo que quiera, pero no tiene derecho a injuriar, a difamar”.

La libertad de expresión es indispensable en una democracia. También lo son la crítica, el periodismo de investigación y el derecho de la sociedad a conocer lo que ocurre dentro de un gobierno. Pero ninguna de esas libertades convierte la agresión personal en una obligación para quien la recibe.

Y aquí aparece una palabra que define buena parte de la respuesta de la gobernadora: resiliencia.

La resiliencia no significa soportarlo todo en silencio ni aceptar la violencia como parte natural de ocupar un cargo público. Significa desarrollar la capacidad de enfrentar la presión, procesar la adversidad y continuar con el objetivo sin permitir que el conflicto termine modificando el rumbo.

Para las mujeres en política, esa capacidad suele construirse en condiciones especialmente exigentes, al borde del abismo.

No sólo tienen que demostrar que pueden gobernar; muchas veces deben demostrar una y otra vez que merecen estar donde están.

Su autoridad puede ser cuestionada por razones que nada tienen que ver con su desempeño. Primero no se le perdonan errores, de ninguna índole. Se examina su carácter, su apariencia, su familia, sus relaciones personales y la forma en que responden a sus críticos.

La vara para medir de la sociedad patriarcal suele ser distinta incluso cuando el cargo es exactamente el mismo.

Por eso, hablar de resiliencia en el caso de una mujer gobernante no debe convertirse en una invitación a que aguante más violencia, sino en un reconocimiento de la capacidad para ejercer autoridad sin permitir que las agresiones determinen su conducta.

Nahle parece haber optado por esa ruta.

“Tenemos que ser muy listos, muy inteligentes para no engancharnos con provocaciones de cualquier tipo”, afirmó.

La frase contiene una estrategia política: no todas las batallas merecen ser libradas.

En un entorno dominado por redes sociales, donde una declaración puede convertirse en tendencia en cuestión de minutos, responder a cada provocación puede terminar beneficiando precisamente a quien busca generar una reacción.

El silencio, en determinadas circunstancias, también puede ser una decisión política.

La gobernadora ha insistido en que su prioridad está en “el trabajo de base, el trabajo en el territorio”. Es decir, en una agenda que pretende colocar el gobierno y sus resultados por encima de la confrontación cotidiana.

Esa posición también debe ser sometida al escrutinio público. El discurso de los resultados no puede sustituir la transparencia ni la rendición de cuentas. Gobernar significa explicar decisiones, responder cuestionamientos y aceptar la evaluación ciudadana.

Pero tampoco existe obligación democrática de convertir la vida pública en una pelea permanente.

La discusión adquiere mayor relevancia porque Veracruz es uno de los estados con mayor peso político y electoral del país. La competencia rumbo a 2027 inevitablemente aumentará la presión sobre quienes gobiernan y sobre quienes aspiran a sucederlos.

En ese contexto, las mujeres que ocupan espacios de poder enfrentan además un fenómeno conocido: la crítica puede convertirse en una forma de disciplinamiento.

Cuando una mujer se muestra firme, se le acusa de ser autoritaria. Cuando responde, se cuestiona su temperamento. Cuando guarda silencio, se interpreta como debilidad. Cuando toma decisiones difíciles, se cuestiona su sensibilidad.

Es una especie de trampa política en la que cualquier reacción puede ser utilizada para desacreditarla.

La salida no está en exigirles a las mujeres que sean impecables o que respondan siempre con una determinada conducta. La verdadera igualdad consiste en juzgarlas con los mismos criterios con los que se juzga a los hombres.

Por eso, Nahle deberá ser evaluada por lo que haga como gobernadora: por sus políticas públicas, sus resultados, el uso de los recursos, la seguridad, los servicios, la infraestructura, la economía y la atención a los problemas de Veracruz.

No por los insultos que reciba.

Tampoco por la manera en que sus adversarios intenten construir una imagen de ella.

La política mexicana atraviesa un momento en el que las mujeres ocupan cada vez más espacios de decisión. Claudia Sheinbaum en la Presidencia y Rocío Nahle en la gubernatura de Veracruz representan dos ejemplos de esa transformación, aunque cada una enfrenta responsabilidades y circunstancias distintas.

Su presencia en el poder no elimina la crítica ni debería hacerlo. Lo que sí debería cambiar es la manera en que se ejerce esa crítica.

Una democracia madura no necesita mujeres intocables. Necesita mujeres que puedan ser cuestionadas sin ser violentadas, investigadas sin ser estigmatizadas y confrontadas políticamente sin que el debate termine convertido en ataques relacionados con su condición de género.

En el caso de Nahle, la resiliencia que hoy muestra frente a la presión política no debe interpretarse como una obligación de soportar cualquier agresión.

Debe entenderse como la capacidad de mantener el rumbo.

“Ante todo soy una dama y yo he dicho que como dama yo no tengo que caer en provocaciones ni bajar a un nivel al que quisieran llevarme”, afirmó.

Más allá de la expresión, el mensaje político es claro: no permitir que los adversarios definan el terreno de la discusiónby de su agenda gubernamental.

La verdadera prueba para la gobernadora estará en los resultados de su administración y en su capacidad para responder a las exigencias de Veracruz. La crítica deberá acompañar ese proceso, porque sin crítica no existe democracia.

Pero la crítica no necesita convertirse en violencia.

Y quizá ahí se encuentra la otra batalla que enfrentan las mujeres que llegan al poder: demostrar que pueden ejercer autoridad sin tener que reproducir las formas más agresivas de la política tradicional.

La resiliencia, entonces, no es aguantar los golpes.

Es no permitir que los golpes cambien quién eres ni para qué estás ahí.