*Fisuras.
/ Natalia Sierra Freire/
En estos días me ha invadido el verso de Eduardo Galeano con el que termina su poema “Los nadie”. Los sin suerte, los pobres, los marginales, los habitantes de calle, los pordioseros, los mendigos, los locos, los excluidos y expulsados, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los jodidos y rejodidos asesinados en la noche para que no amanezcan y no ensucien la ciudad de los alguien, de los dueños de un poquito y un poco más , que se creen parte de los dueños de todo.
Parecía que los nadie eran menos que los alguien, porque estaban ninguniados por el vecino de al lado, por el compañero del colegio, por el colega de la universidad. Porque no hablaban idiomas sino dialectos, porque ni el español hablaban bien, peor el inglés. Porque no profesaban religiones sino supersticiones, porque no eran racionales sino irracionales. Porque no practicaban cultura sino folklore, porque no tenían siquiera educación menos cultura. Porque no son seres humanos sino recursos humanos, porque ni a obreros llegaban. Porque no tenían cara sino brazos; porque ya ni brazos tenían. Porque no tenían nombre, sino número, porque ya perdieron hasta el número del DNI. Que no figuraban en la historia universal, ni en la nacional, ni en la local, sino en los relatos de la crónica roja callejera.
Unos los veían con desprecio otros con compasión y otros con curiosidad intelectual o artística. La mayoría se ponía a la otra orilla de los nadie, nadie quería y no quieren ser nadie. Cualquiera “más” por poco que fuera, bastaba para diferenciarse de los nadie ante los ojos de la sociedad dominada por los alguien dueños de todo. No sólo por arribismo y blanqueamiento social, sino por sobrevivencia simbólica, social y biológica. En América Latina hemos hecho todo para ser alguien, porque desde que nacimos bajo el dominio colonial nos signaron como el no-yo que puede llegar a ser yo, el no-sujeto que puede llegar a ser sujeto, el no cristiano que puede llegar a ser cristiano, el no ser que puede llegar a ser, el nadie que puede llegar a ser alguien.
Para ser alguien había que señalar a otros como nadie, como los nadie que cuestan menos que la bala que les mata. Entonces, apoyamos que haya nadies para ser alguien, llegamos a aplaudir que los maten, que los desaparezcan. En ese delirio por ser alguien, a costa de que otros no sean nada, no entendimos que para los parásitos que gobiernan la humanidad es nadie.
Para este siglo, los nadie somos la humanidad. Los palestinos, los inmigrantes, los trabajadores, los jubilados, las mujeres, los niños y niñas, tu, yo, nosotros, los seres humanos que en los cálculos de los parásitos, adueñados de todo, valemos menos que la bala, el cohete, el virus que nos mata. Para este siglo no hay como ser un poquito alguien, porque no te dejan, porque o eres de su club de parásitos criminales o eres nadie.
Me di cuenta, entonces, que los nadie siempre fuimos humanidad, vida, cultura, espíritu, existencia, que no nos matan porque somos nadie, nos matan porque somos la vida que les recuerda que ellos, los alguien, son realmente nada, tan solo, parásitos espirituales que necesitan alimentarse de odio, maldad y descomposición, de lo contrario desaparecen. Entonces entendí que nosotros, tu y yo, somos vida que existe, resiste y re-existe cada instante que respiramos, nos cuidamos y nos amamos.

