*Alguien como tú.
/ Gladys Pérez Maldonado /
Terminó el Mundial. Se desmontaron escenarios, regresaron los turistas, desaparecieron las banderas de muchas calles y la conversación pública encontró rápidamente nuevos asuntos de qué ocuparse.
Pero hay algo que no terminó con el último partido: la violencia que durante semanas amenazó y afectó especialmente a mujeres, niñas, niños y adolescentes.
Antes del Mundial de Futbol 2026 las advertencias fueron claras. Organizaciones especializadas alertaron sobre el riesgo de que un acontecimiento de semejante magnitud agravara dinámicas que México ya arrastraba: violencia familiar, agresiones sexuales, acoso, explotación sexual y trata de personas. La Red Nacional de Refugios impulsó, junto con organizaciones de Estados Unidos y Canadá, la campaña La violencia contra las mujeres no es parte del juego. (El País)
No era una predicción alarmista.
ONU Mujeres ha documentado desde hace años que los grandes acontecimientos deportivos pueden coincidir con incrementos de violencia contra mujeres y niñas. Entre los factores asociados aparecen el consumo excesivo de alcohol, determinadas expresiones de masculinidad violenta y las tensiones generadas alrededor de los resultados deportivos.
Durante el Mundial mexicano comenzaron a aparecer señales preocupantes. Organizaciones consultadas por El País reportaron incrementos en llamadas de consulta y denuncia, así como riesgos vinculados con explotación sexual y violencia familiar. Las estimaciones difundidas durante el torneo situaron algunos incrementos de violencia doméstica entre aproximadamente 26 % y 40 %, dependiendo del contexto y de factores como el consumo de alcohol.
Y ahora surge las preguntas que deberían incomodarnos: ¿Qué pasó con esas mujeres cuando terminó el Mundial? ¿Qué ocurrió con quienes pidieron ayuda? ¿Cuántas recibieron protección? ¿Cuántas ingresaron a refugios? ¿Cuántas regresaron al mismo domicilio donde se encontraba su agresor? ¿Cuántas denuncias llegaron ante un juez? ¿Cuántas niñas, niños y adolescentes identificados en situaciones de riesgo fueron protegidos?
Los derechos humanos no pueden administrarse con el calendario de los grandes acontecimientos. No basta lanzar campañas preventivas cuando llegan millones de visitantes y las cámaras internacionales están apuntando hacia México. La verdadera política pública comienza precisamente cuando las cámaras se van.
Existe además otra realidad especialmente delicada, como lo es, la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes.
Los grandes flujos turísticos, la actividad hotelera y el aumento temporal de demanda de servicios pueden generar espacios de oportunidad para redes de explotación. Durante el torneo se impulsaron campañas preventivas dirigidas al sector turístico y hotelero precisamente para identificar situaciones de riesgo y evitar que niñas, niños y adolescentes fueran utilizados con fines sexuales.
Además, México no llegó al Mundial con una situación favorable. La violencia sexual contra la infancia ya presentaba cifras profundamente preocupantes. Datos de salud recopilados por la Red por los Derechos de la Infancia en México indican que durante 2024 fueron atendidas 10,613 personas de entre uno y 17 años por violencia sexual, la cifra anual más alta registrada desde 2010 bajo esa serie.
El Mundial no creó esa violencia, y precisamente ahí está el problema.
Los megaeventos pueden amplificar riesgos que ya existen en sociedades donde hay violencia familiar normalizada, impunidad, desigualdad económica, explotación sexual y redes criminales capaces de convertir la vulnerabilidad humana en negocio.
Por eso sería demasiado sencillo responsabilizar al futbol. El adversario nunca fue el deporte. El adversario es una estructura de violencia que encuentra cualquier circunstancia favorable para manifestarse con mayor intensidad.
Las autoridades de las ciudades sede y el Gobierno federal deberían informar cuántas denuncias por violencia familiar, violencia sexual, trata y explotación se registraron durante el Mundial; cuántas órdenes de protección se emitieron; cuántas víctimas fueron canalizadas a refugios; qué ocurrió con los casos detectados en hoteles y establecimientos turísticos y qué medidas permanecerán vigentes después del torneo.
Eso se llama rendición de cuentas.
La prevención de la violencia no puede reducirse a campañas publicitarias temporales. Necesita presupuesto, refugios suficientes, fiscalías eficaces, policías capacitados, coordinación institucional y seguimiento a las víctimas.
México quiso mostrar al mundo estadios llenos, ciudades hospitalarias y capacidad para organizar uno de los acontecimientos deportivos más importantes del planeta.
Un mes después de concluídos los festejos mundialistas, tiene otra oportunidad, mucho más importante, demostrar que también es capaz de proteger a quienes viven en situación de vulnerabilidad cuando los reflectores internacionales ya no están presentes.
El Mundial terminó, las víctimas no desaparecieron con la ceremonia de clausura. Se apagaron los estadios, pero para muchas mujeres, niñas y niños la violencia se quedó…

