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10.08.2026 BPNoticias.- Durante décadas, la forma de vestir, las relaciones afectivas, la manera de hablar sobre sexo e incluso la decisión de una mujer de ejercer libremente su sexualidad han sido utilizadas como argumentos para juzgar su “moralidad”. Ese mecanismo de señalamiento tiene un nombre cada vez más presente en los debates sobre igualdad de género: slut shaming.
El término describe la práctica de avergonzar, desacreditar, insultar o estigmatizar a una persona, principalmente mujeres, por su comportamiento sexual real o supuesto, por su ropa, por las fotografías que publica, por tener varias parejas o simplemente por apartarse de las expectativas tradicionales sobre cómo debería comportarse una mujer.
Más que una opinión individual, especialistas y organizaciones feministas han analizado estas conductas como parte de normas sociales que reproducen desigualdades de género. ONU Mujeres señala que la violencia contra las mujeres está profundamente relacionada con la discriminación, los estereotipos de género y normas sociales que terminan normalizando distintas formas de violencia.
La expresión cobró especial notoriedad internacional en 2011, cuando surgió en Toronto, Canadá, la primera SlutWalk. La movilización fue una respuesta a los comentarios realizados por un agente de policía durante una charla sobre seguridad, quien recomendó a las mujeres no vestirse como “sluts” para evitar ser víctimas de agresiones sexuales. El comentario provocó indignación y dio origen a una protesta que posteriormente se replicó en distintas ciudades del mundo.
El mensaje de aquellas movilizaciones era directo: la ropa, la actividad sexual o la apariencia de una mujer nunca deben utilizarse para justificar una agresión. La responsabilidad de una violencia sexual corresponde a quien la ejerce, no a la persona que la sufre.
Ese principio resulta particularmente importante porque el slut shaming puede aparecer incluso después de una agresión. Preguntas como qué ropa llevaba la víctima, con quién estaba, cuánto había bebido, cuántas parejas sexuales ha tenido o por qué acudió a determinado lugar desplazan la atención del comportamiento del agresor hacia la conducta de quien sufrió la violencia.
De esta manera, el juicio moral puede convertirse en una segunda forma de violencia. La víctima no solamente enfrenta las consecuencias de una agresión, sino también la posibilidad de ser cuestionada, desacreditada o responsabilizada por lo ocurrido.
La doble moral constituye uno de los elementos centrales del fenómeno. En numerosos contextos sociales, un hombre con una vida sexual activa puede recibir reconocimiento, aceptación o incluso prestigio, mientras que una mujer con comportamientos similares puede ser etiquetada de manera negativa.
No se trata de afirmar que todos los hombres reciben aprobación ni que todas las mujeres son juzgadas de la misma manera. El punto es que persiste una diferencia histórica en las expectativas sociales impuestas a unos y otras: la sexualidad masculina ha sido asociada con frecuencia con iniciativa y experiencia, mientras que la femenina ha estado sometida a controles relacionados con la modestia, la reputación y la “decencia”.
El problema tampoco termina en los espacios físicos. Las redes sociales han ampliado las posibilidades de ejercer este tipo de señalamiento y han creado nuevas herramientas para la humillación pública.
Una fotografía, un comentario, un video o una conversación privada pueden convertirse en material para campañas de insultos, acoso o exposición no consentida. ONU Mujeres identifica entre las formas de violencia digital contra mujeres y niñas el acoso sexual, el acecho, el discurso de odio, la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento, la sextorsión, el ciberacoso y otras prácticas que pueden trasladar el daño del ámbito virtual a la vida cotidiana.
La dimensión digital resulta especialmente relevante porque una publicación puede alcanzar a cientos o miles de personas en cuestión de minutos. Una mujer que es señalada por una fotografía o por una supuesta conducta sexual puede quedar expuesta a comentarios masivos, amenazas, insultos y campañas destinadas a dañar su reputación.
El desarrollo de herramientas de inteligencia artificial ha añadido nuevas posibilidades de agresión. ONU Mujeres advierte que los abusos digitales están evolucionando con rapidez y que las tecnologías pueden ser utilizadas para crear imágenes sexuales falsas, manipular fotografías o fabricar contenidos que presentan a mujeres en situaciones que nunca ocurrieron.
La organización internacional señala además que las consecuencias no permanecen necesariamente dentro de internet. El abuso digital puede afectar la salud emocional, las relaciones personales, el empleo y la participación pública, y en determinados casos puede escalar hacia amenazas, acecho o violencia física.
El slut shaming también puede funcionar como una forma de autocensura. Una mujer que sabe que será juzgada por su apariencia, por hablar abiertamente de sexualidad o por publicar determinadas fotografías puede comenzar a modificar su comportamiento para evitar ataques.
Así, el control social no requiere necesariamente una prohibición formal. Basta con la amenaza de ser ridiculizada, excluida o desacreditada para limitar la libertad de una persona.
Esta situación adquiere otra dimensión cuando se trata de mujeres que ocupan espacios públicos. Periodistas, políticas, activistas, empresarias, artistas y creadoras de contenido pueden enfrentar ataques que no se concentran en su trabajo, sino en su apariencia, vida privada o sexualidad.
ONU Mujeres reporta que las mujeres que participan en la vida pública son blanco frecuente de ataques digitales y que estas agresiones pueden tener como objetivo silenciarlas o expulsarlas del debate público. En América Latina y el Caribe, la organización ha documentado que ocho de cada diez mujeres en la vida pública que participaron en una investigación dijeron haber restringido sus actividades en línea por miedo al abuso.
La sexualización de los ataques es una de las diferencias que pueden encontrarse en este tipo de violencia. Una crítica dirigida contra un hombre puede centrarse en su desempeño profesional o político, mientras que contra una mujer puede transformarse rápidamente en comentarios sobre su cuerpo, su ropa, su vida sentimental o su supuesta disponibilidad sexual.
Por ello, combatir el slut shaming no significa impedir que las personas expresen opiniones o establezcan límites personales. Significa cuestionar el uso de la humillación y la desigualdad como mecanismos para imponer determinadas conductas a las mujeres.
También implica diferenciar entre consentimiento y reputación. Una persona puede elegir cómo vestirse, con quién relacionarse o qué aspectos de su vida privada compartir, pero ninguna de esas decisiones constituye consentimiento para una agresión, una fotografía íntima difundida sin autorización o un comportamiento sexual impuesto.
El debate también obliga a revisar la educación sexual. Una educación basada únicamente en prohibiciones y advertencias dirigidas a las mujeres puede terminar reforzando la idea de que ellas deben evitar determinadas conductas para no convertirse en víctimas. Un enfoque de derechos pone el acento en el consentimiento, la autonomía corporal, el respeto y la responsabilidad de todas las personas.
El lenguaje desempeña igualmente un papel importante. Las palabras utilizadas para describir a una mujer pueden convertirse en herramientas de exclusión cuando su propósito no es describir un comportamiento, sino degradarla y reducir su identidad a una supuesta conducta sexual.
Esto no significa que cualquier crítica relacionada con una conducta sexual sea automáticamente slut shaming. El concepto se refiere específicamente a la estigmatización y al castigo social basados en normas sexuales y de género, especialmente cuando se aplican de manera desigual.
La discusión resulta relevante porque la violencia contra las mujeres no comienza necesariamente con una agresión física. Puede existir un continuo de comportamientos que van desde el insulto y la humillación hasta el acoso, el control, la amenaza y otras formas de violencia. ONU Mujeres sostiene que prevenir la violencia requiere abordar precisamente las normas y estereotipos que permiten que esas conductas sean aceptadas o normalizadas.
En ese sentido, el slut shaming puede entenderse como una expresión cotidiana de una desigualdad más amplia: la idea de que la sexualidad de las mujeres debe ser vigilada, evaluada y castigada cuando se aparta de determinadas expectativas sociales.
La transformación cultural, por tanto, no pasa por establecer nuevas reglas sobre cómo deben vestir o comportarse las mujeres, sino por cuestionar por qué su valor social continúa siendo asociado con su reputación sexual.
A más de una década de las primeras SlutWalks, el término sigue vigente porque las formas de juzgar y avergonzar a las mujeres también han cambiado. Hoy pueden ocurrir en una calle, en una escuela, en un lugar de trabajo, en una conversación privada o frente a miles de usuarios de una red social.
El desafío consiste en dejar de convertir la sexualidad femenina en un instrumento de control y reconocer que la libertad, la dignidad y la seguridad de las mujeres no dependen de cumplir con una determinada imagen de “decencia”. Una sociedad igualitaria no debería exigir a las mujeres comportamientos destinados a evitar el juicio ajeno, sino garantizar que ninguna persona sea humillada, discriminada o violentada por ejercer sus derechos y su autonomía.

