*Estadísticas a propósito del Día Mundial para la Prevención del Suicidio .
10.09.2026 Ciudad de México.- México cerró 2024 con 8 mil 856 suicidios registrados entre personas de 10 años y más, una cifra que equivale a una tasa de 6.8 muertes por cada 100 mil habitantes y que revela una realidad profundamente diferenciada entre hombres y mujeres.
La estadística nacional muestra que ellos concentran la mayoría de las muertes y presentan una tasa de mortalidad considerablemente más alta, mientras que entre ellas el mayor nivel se registra en el grupo de 15 a 29 años.
La fotografía estadística más reciente disponible permite observar el suicidio desde una perspectiva de género y edad sin reducir el fenómeno a una sola causa. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran que en 2024 la tasa fue de 11.2 suicidios por cada 100 mil hombres, frente a 2.6 por cada 100 mil mujeres. La tasa masculina fue más de cuatro veces superior a la femenina.
La diferencia no es menor. Significa que, por cada 100 mil habitantes de cada sexo, la mortalidad por suicidio fue sustancialmente mayor entre los hombres. Sin embargo, observar únicamente ese dato puede ocultar otra realidad: la edad en la que mujeres y hombres alcanzan sus mayores tasas no es la misma.
Entre las mujeres, el grupo de 15 a 29 años presentó la tasa más elevada, con 5.1 suicidios por cada 100 mil mujeres. Después se ubicó el grupo de 30 a 44 años, con 3.1. En los hombres ocurrió algo distinto: la tasa más alta correspondió a quienes tenían entre 30 y 44 años, con 18.8 por cada 100 mil, seguida por la población masculina de 15 a 29 años, con 15.4.
El contraste es particularmente fuerte entre hombres y mujeres jóvenes.
En el grupo de 15 a 29 años, la tasa masculina de 15.4 por cada 100 mil fue aproximadamente tres veces la femenina de 5.1. Entre las personas de 30 a 44 años, la diferencia se amplió todavía más: 18.8 para los hombres contra 3.1 para las mujeres.
Estos números permiten hablar de una brecha de género en la mortalidad por suicidio, pero no autorizan por sí mismos a afirmar que una determinada condición social sea la causa de esa diferencia. El INEGI registra las características sociodemográficas de las personas fallecidas, pero explicar por qué los hombres presentan una mortalidad mucho mayor requiere investigaciones específicas sobre salud mental, acceso a atención, violencia, consumo de sustancias, condiciones económicas, redes de apoyo y otros factores.
La dimensión de género también aparece cuando se observa el estado conyugal.
Más de la mitad de las personas de 15 años y más que murieron por suicidio en 2024 eran solteras: 51.6 por ciento.
Entre las mujeres, el porcentaje de personas solteras fue de 56.6 por ciento, mientras que entre los hombres alcanzó 50.5 por ciento. El dato describe una característica de las personas fallecidas, pero no significa que estar soltera o soltero sea una causa del suicidio.
La diferencia también aparece en la condición laboral.
Entre las personas de 15 años y más que fallecieron por suicidio en 2024, 73.1 por ciento realizaba alguna actividad económica. La proporción fue considerablemente distinta entre hombres y mujeres: 80.3 por ciento de los hombres tenía una actividad económica, frente a 41.4 por ciento de las mujeres.
La cifra resulta relevante para una lectura con perspectiva de género porque muestra que la población masculina que murió por suicidio estaba mayoritariamente vinculada a una actividad económica. Por sí sola, esta información tampoco permite establecer que el trabajo sea un factor protector o de riesgo; sí evidencia que el suicidio afecta a hombres que estaban incorporados al mundo laboral.
En las mujeres, en cambio, menos de la mitad de las fallecidas de 15 años y más registraba una actividad económica. Esa diferencia debe interpretarse dentro de la desigual participación laboral de mujeres y hombres y no como una explicación automática de las muertes.
La edad vuelve a marcar otra diferencia.
El grupo de 30 a 44 años tuvo en México la tasa general más elevada en 2024, con 10.7 suicidios por cada 100 mil habitantes. Le siguió el grupo de 15 a 29 años, con 10.2. Sin embargo, al separar por sexo, la fotografía cambia: en las mujeres el máximo se encuentra entre las jóvenes de 15 a 29 años, mientras que en los hombres el punto más alto se concentra entre los 30 y 44 años.
Esta diferencia es fundamental para diseñar políticas de prevención.
Una estrategia que no incorpore edad y género corre el riesgo de tratar como homogénea una realidad que no lo es. Los datos muestran que el grupo masculino de 30 a 44 años requiere una atención específica por presentar la tasa más alta del país entre los principales grupos de edad y sexo, mientras que las mujeres jóvenes de 15 a 29 años constituyen el grupo femenino con mayor tasa.
La perspectiva de género también obliga a mirar el problema más allá de las cifras de mortalidad.
Una tasa de suicidio no equivale a la totalidad del comportamiento suicida. Las estadísticas de defunciones registran los casos que terminan en muerte, pero no permiten conocer por sí solas el universo de personas que experimentaron ideación suicida, realizaron un intento o solicitaron atención por una crisis.
El propio INEGI señala que su programa estadístico sobre suicidio tiene como objetivo generar información sobre suicidios, intentos de suicidio, circunstancias y características sociodemográficas.
Por eso, la diferencia entre hombres y mujeres en las muertes no debe interpretarse como si automáticamente significara que los hombres presentan más sufrimiento emocional o que las mujeres presentan menos riesgo. Las estadísticas de mortalidad muestran quiénes mueren, no todo el universo de quienes atraviesan una conducta suicida.
La geografía también modifica el panorama.
En 2024, Chihuahua presentó la tasa estandarizada más alta del país, con 16.4 suicidios por cada 100 mil habitantes, seguida por Yucatán, con 16.2, y Aguascalientes, con 14.3. En el extremo contrario estuvieron Guerrero, con 1.6; Chiapas, con 4.6; Baja California y Veracruz, ambos con 5.6.
Esto significa que la brecha de género se desarrolla dentro de realidades territoriales distintas. No es lo mismo hablar de prevención en una entidad con una tasa muy superior al promedio nacional que en una donde el indicador es considerablemente menor.
El problema tampoco es nuevo.
La tasa nacional de 2024, de 6.8 por cada 100 mil habitantes, estuvo por encima de las registradas en 2014, cuando fue de 5.1, y en 2019, cuando alcanzó 5.6. El indicador, por tanto, muestra un nivel mayor al de esos dos puntos de comparación.
La evolución de la tasa hace imposible reducir el problema a una coyuntura pasajera. México lleva años enfrentando una problemática que requiere políticas sostenidas de prevención, atención de salud mental y seguimiento de las personas en situación de riesgo.
En términos de género, los hombres representan el rostro más letal de esta crisis.
Su tasa de 11.2 por cada 100 mil habitantes contrasta con la de 2.6 registrada entre mujeres. Pero las mujeres jóvenes también aparecen en una zona de especial preocupación: las de 15 a 29 años alcanzaron una tasa de 5.1, la más alta entre todos los grupos femeninos.
El dato adquiere relevancia porque la adolescencia tardía y la juventud son etapas en las que pueden coincidir presiones educativas, laborales, familiares, afectivas y sociales. Sin embargo, las estadísticas de INEGI no permiten atribuir el suicidio a ninguna de esas circunstancias en particular.
Lo que sí permiten hacer es identificar dónde se concentra la mortalidad y, a partir de ahí, orientar la prevención.
En el caso de los hombres de 30 a 44 años, la tasa de 18.8 es el dato que más sobresale de toda la desagregación por sexo y edad. Es una tasa más de siete veces superior a la registrada entre mujeres de ese mismo grupo de edad, que fue de 3.1.
En los hombres de 15 a 29 años, la tasa fue de 15.4, frente a 5.1 entre las mujeres de la misma edad.
La diferencia obliga a preguntarse por las barreras específicas que pueden enfrentar los hombres para solicitar ayuda, aunque esa relación no puede darse por demostrada solamente con los registros de defunciones.
También obliga a evitar una lectura equivocada de las cifras femeninas. Que las mujeres tengan una tasa de mortalidad mucho menor no significa que el problema sea marginal entre ellas. La tasa de 5.1 entre mujeres de 15 a 29 años muestra que las jóvenes constituyen el grupo femenino con mayor mortalidad por esta causa.
El lugar donde ocurren las muertes añade otra dimensión.
En 2024, 68.9 por ciento de los suicidios registrados ocurrió en viviendas particulares. La vía pública concentró 5.2 por ciento.
La vivienda, por tanto, aparece como el principal escenario registrado, lo que coloca a las redes familiares y comunitarias dentro de cualquier estrategia de prevención. Pero tampoco significa que la familia sea responsable de una muerte ni que todos los casos puedan prevenirse mediante vigilancia doméstica.
La prevención requiere servicios profesionales accesibles y capaces de detectar señales de riesgo, además de mecanismos para atender las crisis y dar continuidad a quienes necesitan acompañamiento.
En este punto, la perspectiva de género debe traducirse en políticas diferenciadas.
Para los hombres, los datos muestran una mortalidad mucho mayor, particularmente entre los 30 y 44 años. Para las mujeres, el mayor indicador aparece entre los 15 y 29 años. Una política nacional que solamente distribuya información de manera general corre el riesgo de no atender las particularidades que revelan las estadísticas.
La Organización Panamericana de la Salud considera al suicidio un problema de salud pública y subraya que cada muerte tiene consecuencias para familias y comunidades. También advierte sobre el peso del estigma y la necesidad de fortalecer la prevención.
En México, la prevención no puede limitarse a conmemorar el 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Los números muestran que se trata de un problema permanente.
La respuesta tampoco puede consistir únicamente en campañas generales. El desafío está en conseguir que las personas puedan acceder oportunamente a atención profesional, que existan mecanismos de detección temprana y que quienes atraviesan una crisis no queden fuera del sistema por falta de servicios, recursos o acompañamiento.
La lectura de género aporta una conclusión contundente: hombres y mujeres no mueren por suicidio con la misma frecuencia ni presentan el mismo patrón etario.
En 2024, los hombres tuvieron una tasa de 11.2 por cada 100 mil habitantes, contra 2.6 entre las mujeres. Entre ellos, el punto máximo estuvo en los 30 a 44 años, con 18.8; entre ellas, en los 15 a 29 años, con 5.1.
Esos números no explican por sí solos las razones detrás de cada muerte, pero sí establecen dónde debe mirar con mayor atención la política pública.
México no enfrenta una sola crisis de suicidio. Enfrenta distintos patrones de riesgo que se expresan de manera desigual según sexo, edad y territorio.
Y esa diferencia importa porque una prevención verdaderamente efectiva no puede partir de una población abstracta. Tiene que reconocer que detrás de las 8 mil 856 muertes registradas en 2024 existen hombres y mujeres que pertenecían a grupos con circunstancias y necesidades diferentes.
La estadística más dura es también la más clara: la mortalidad masculina es mucho mayor, pero el riesgo no desaparece entre las mujeres y alcanza su punto más alto entre las jóvenes de 15 a 29 años.
La tarea de las instituciones consiste ahora en convertir esa información en prevención, atención y seguimiento, con políticas que reconozcan esas diferencias sin estigmatizar ni simplificar las causas.
Porque contar las muertes permite dimensionar el problema; entender sus diferencias de género y edad es el siguiente paso para intentar evitarlas.
Si tú o alguien cercano está en una crisis inmediata o existe riesgo de hacerse daño, es importante buscar ayuda urgente mediante los servicios de emergencia o acudir al servicio de urgencias más cercano.
Fuente: https://www.inegi.org

