/ Leyenda tradicional de origen prehispánico. Adaptación de Leopoldo E. Corona Orencio. /
Cuentan los abuelos, narran las historias que se transforman en leyendas y se comparten de voz en voz, que, bajo el cielo azul de un pueblo indígena, dos niños nacieron compartiendo, sin saberlo, no solo el mismo tiempo, sino también un eterno destino.
Los rayos del sol descendían iluminando el verde del campo, donde estos dos niños, desde pequeños, compartían sus juegos entre flores y cantos, acompasando sus risas con el colorido de las flores y el canto de los pájaros.
Estos pequeños, de nombre Xóchitl y Huitzilin, flor y colibrí, respectivamente, en su traducción del náhuatl al español, no solo jugaban; acompañaban con su alegría a Tonatiuh, dios del Sol, en su recorrido diario llevando vida y calor a los campos. En aquellos recorridos, los dos pequeños iban creciendo y conociendo los misterios de la Madre Tierra, de la creación y de la naturaleza. Flores, mariposas, aves, animales y cantos eran parte de sus risas y juegos.
Con el paso del tiempo y acompañados por las estaciones del año —primaveras, veranos, otoños e inviernos—, en ciclos perfectos y sin darse cuenta, la inocente amistad infantil se fue transformando en un amor dulce, sincero y profundo. Sus corazones latían al unísono, como un solo eco, en un crisol de amarillos destellos, llenos de profundidad y calor.
Ahora, ya jóvenes, deseaban compartir una sola vida, permanecer juntos por siempre, como lo habían venido haciendo hasta entonces, acompañados por el diario transitar del Sol. Por ello, decidieron acercarse a él para hacer juntos un pacto de amor. Caminaron tomados de la mano y subieron al templo más alto, aquel que el pueblo había erigido para adorarlo, en el punto donde se entrelazan el cielo y la tierra, para pedirle a Tonatiuh que, con su bendición, los acompañara y uniera por siempre.
Ya en la plataforma más alta del templo, donde se funden el azul del cielo, las nubes y los dorados rayos del dios Sol, sin decir mucho, solo elevando sus miradas y con la sinceridad que brotaba de sus corazones plenos de amor, recibieron la bendición de Tonatiuh, quien los conocía desde siempre y había visto florecer su amor. Selló aquel compromiso con un rayo dorado de sol, que iluminó el abrazo de los enamorados, unidos en un beso de amor.
Pero los días de sol también tienen momentos de nubes y necesarias lluvias. Y así, con un fuerte abrazo de amor, que habría querido hacer eterno para no desprenderse de Huitzilin, Xóchitl lo despidió, pues partía a la guerra en defensa de su gente y de aquella tierra que, desde niños, había brindado a ambos, infinitas alegrías. Lo vio alejarse con su lanza y su escudo, ataviado con plumas de tornasolados colores, hasta perderse en el horizonte.
Pasaron los días, ciclos de sol y luna que hacían eterna la espera, y Huitzilin no regresaba. Del mismo horizonte por el que había partido no aparecía la figura del joven que tanto esperaba. Lo que llegó fue la triste noticia de que Huitzilin no retornaría, pues la última batalla, aquella que le dio el triunfo definitivo a su pueblo, también le había cerrado los ojos.
Llena de tristeza y del vacío de la ausencia, retomando aquellos caminos que por años habían sido parte de sus juegos, de su amor y de las flores que cortaba y le regalaba su amado, Xóchitl llegó hasta la cima del templo. Ya en el punto más alto, cuestionó a Tonatiuh por qué no había cumplido su parte del acuerdo, si con un rayo de luz había sellado aquel compromiso de eternidad y de amor. Le dijo que ella era como una flor que, para vivir, requería del agua como torrente de vida; que ahora sería como un ave sin un ala y ya no podría volar para llegar al cielo.
Fue entonces cuando aquella misma luz que los había unido una mañana, en ese mismo lugar, volvió a descender y convirtió a Xóchitl en una bellísima flor amarilla, de veinte pétalos, uno por cada año de su vida. Por esta razón, a estas hermosas flores amarillas se les llama cempohualxóchitl: veinte flores.
Cuentan los abuelos que la flor, ahora llamada Cempohualxóchitl, permaneció en forma de botón en lo alto de la montaña, contemplando a lo lejos, como esperando, como si aquella línea que forma el horizonte fuese un suspiro de esperanza.
Y una mañana, encendió su mirada un vertiginoso aleteo del que se desprendían destellos de tornasolados colores: eran las mismas luces que había visto perderse un día, después de un abrazo, un beso y aquellos pausados pasos que alejaban a Huitzilin, con su colorido escudo y su traje de guerrero.
Si!, era Huitzilin, que, suspendido en el aire en forma de colibrí, frente a la más bella de las flores, buscaba a su amada Xóchitl. Ella abrió sus pétalos para recibirlo con un beso y celebrar, con el néctar del amor, el reencuentro con su amado.
Cumplido estaba aquel compromiso de amor, sellado ante Tonatiuh.
Desde entonces y para siempre, el amor multiplica, abona y riega las flores de Cempohualxóchitl, amarillas por los rayos del sol, que marcan y preparan el camino del encuentro de los verdaderos amores: de las parejas de enamorados que se separaron por un momento, pero también de aquellos seres queridos que partieron y que, al regresar, vienen ataviados con los colores de los colibríes, en vertiginosos e infinitos aleteos llenos de gratos recuerdos.

