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26.08.2026. Ciudad de México.- La frase con la que Vicente Fox Quesada respondió a los cuestionamientos sobre sus expresiones contra la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a colocar en el centro de la discusión el trato que reciben las mujeres que ocupan espacios de poder en México. “Soy macho, no machista”, respondió el expresidente cuando fue confrontado por los señalamientos de misoginia, en una declaración que lejos de despejar las críticas, volvió a encenderlas.
Fox ha sostenido en sus declaraciones recientes que Claudia Sheinbaum carece de autonomía política y que sus decisiones estarían condicionadas por otras figuras de poder. En particular, ha afirmado que la presidenta recibe instrucciones del expresidente Andrés Manuel López Obrador y del mandatario estadounidense Donald Trump.
El expresidente panista incluso calificó a Sheinbaum como “una mala presidenta” y aseguró que “no tiene posición ni perfil”, de acuerdo con declaraciones difundidas el 25 de agosto. Al ser cuestionado específicamente sobre si sus expresiones eran misóginas, respondió: “Soy macho, no machista”.
La controversia no se limita a una diferencia política entre dos figuras públicas. El punto que ha generado cuestionamientos es la manera en que Fox construye su crítica alrededor de la supuesta falta de autonomía de la primera mujer que ocupa la Presidencia de México.
El argumento de que una mujer que llega al poder necesariamente responde a un hombre no es nuevo. Forma parte de una narrativa política que históricamente ha cuestionado la capacidad de las mujeres para tomar decisiones por sí mismas y que suele presentar sus triunfos o responsabilidades como resultado de la influencia de una figura masculina.
En el caso de Sheinbaum, esa idea ha aparecido recurrentemente en el discurso de sus detractores. La diferencia ahora es que, desde la Presidencia, la propia mandataria ha respondido en otras ocasiones que ese tipo de cuestionamientos reproducen una visión machista sobre el ejercicio del poder.
La discusión sobre misoginia política
El género adquiere especial relevancia porque México tiene, desde octubre de 2024, a la primera mujer presidenta de su historia. Claudia Sheinbaum llegó al cargo después de obtener una votación histórica en las elecciones de 2024 y encabeza un gobierno que, además, ha colocado el concepto de igualdad sustantiva entre mujeres y hombres como uno de sus ejes políticos.
En ese contexto, cuestionar las decisiones de una presidenta es completamente legítimo dentro de una democracia. Lo que genera el debate es cuando la crítica política se construye a partir de estereotipos asociados con su condición de mujer o se insiste en presentar su autoridad como subordinada a hombres.
Decir que una mandataria “hace lo que le ordenan” puede ser una acusación política que debería acompañarse de argumentos y evidencias sobre decisiones concretas. Sin embargo, cuando la afirmación se repite como una descalificación personal y se utiliza para negar sistemáticamente su capacidad de decisión, aparece una dimensión de género que ha sido señalada por especialistas y organizaciones que estudian la violencia contra las mujeres en la política.
La propia expresión utilizada por Fox para defenderse resulta significativa. Ante la acusación de machismo, no negó únicamente el contenido de sus declaraciones, sino que respondió apelando a su identidad masculina: “Soy macho, no machista”.
La frase provocó cuestionamientos en organizaciones, colectivas y activistas, que evidencian la ignorancia del ex mandatario pues precisamente porque “ser macho” y ejercer conductas machistas no son conceptos excluyentes.
El machismo se refiere a actitudes, prácticas y creencias que colocan a los hombres en una posición de superioridad o que reproducen estereotipos sobre las mujeres; por ello, declararse “macho” no constituye una refutación de una conducta que pueda ser considerada machista.
Una presidenta bajo una lupa distinta
Sheinbaum no está exenta de críticas, el problema es que se le cuestiona con triple rasero por ser mujer.
Su gobierno puede y debe ser sometido al escrutinio público, como cualquier administración democrática. Las políticas de seguridad, economía, relaciones exteriores, salud, infraestructura o cualquier otra área pueden ser cuestionadas con argumentos, datos y resultados.
El problema aparece cuando la crítica sustituye esos elementos por una explicación basada en que una mujer supuestamente no puede ejercer el poder de manera autónoma entre muchos ejemplos de opinologos que, además de ser monotemáticos en su afán de desacreditar el liderazgo de las mujeres que no se someten ante ellos, hasta órdenes le dan en sus escritos diarios.
En el caso de Fox, la referencia constante a López Obrador y Trump para explicar las decisiones de Sheinbaum coloca a la presidenta en una posición de subordinación. En otras palabras, el argumento no sólo cuestiona una decisión determinada, sino que pone en duda su capacidad para gobernar por sí misma.
Ese tipo de narrativa ha sido utilizada también por otros comentaristas y opinadores que presentan a Sheinbaum como una figura que necesariamente responde a López Obrador o que está condicionada por actores masculinos, sin que ello implique que toda crítica de ese tipo sea automáticamente misógina. La diferencia está en la evidencia y en la forma de argumentar.
No es lo mismo demostrar que una decisión presidencial coincide con una postura previamente defendida por López Obrador que afirmar, sin pruebas, que la presidenta simplemente recibe órdenes de él. Tampoco es equivalente analizar la relación diplomática entre México y Estados Unidos a sostener que Trump dicta las decisiones de Sheinbaum.
La autonomía de una mujer en el poder
La llegada de Sheinbaum a la Presidencia también ha obligado a observar un fenómeno que durante décadas estuvo menos expuesto: la manera en que se juzga a las mujeres cuando alcanzan posiciones de máxima autoridad.
Una mujer presidenta puede ser cuestionada por sus decisiones, su desempeño y sus resultados. Pero la discusión cambia cuando se le atribuye incapacidad por ser mujer, se reduce su autoridad a la influencia de un hombre o se interpreta su ejercicio del poder desde estereotipos de género.
La violencia política contra las mujeres en razón de género está reconocida en la legislación mexicana. La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencias contempla conductas que pueden afectar el ejercicio de los derechos político-electorales de las mujeres y busca impedir que sean objeto de actos que tengan como finalidad menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio de sus derechos políticos y electorales.
Esto no significa que cualquier crítica dirigida contra una mujer política sea violencia política de género. La libertad de expresión protege el debate público y la crítica hacia quienes ejercen cargos de elección popular. La diferencia debe establecerse a partir del contenido, el contexto, la intención y los efectos de las expresiones.
En el caso de Fox, lo que ha generado cuestionamientos es la reiteración de una narrativa que presenta a Sheinbaum como una mujer sin criterio propio, supuestamente subordinada a hombres con mayor poder político.
Fox y su historial de declaraciones sobre mujeres
La polémica tampoco aparece en un vacío. Durante su carrera política y particularmente durante su paso por la Presidencia, Vicente Fox protagonizó distintas controversias por declaraciones relacionadas con mujeres y asuntos de género.
La propia Sheinbaum ha recordado anteriormente algunas expresiones del exmandatario cuando ha respondido a críticas provenientes de Fox. Por ello, sus declaraciones actuales son observadas dentro de un historial público que contribuye a explicar por qué sus comentarios vuelven a provocar cuestionamientos sobre machismo y misoginia.
El debate actual, sin embargo, no debería reducirse a la personalidad de Fox. Lo que está en discusión es una práctica más amplia: la tendencia a explicar el poder de las mujeres a partir de los hombres que las rodean.
En el caso de la presidenta, esa narrativa suele presentar a López Obrador como el verdadero dirigente detrás del gobierno o a Trump como el actor que determina las decisiones de México. En ambos escenarios, la mujer que ocupa la Presidencia queda colocada discursivamente en un segundo plano.
La pregunta de fondo
La discusión que dejan las declaraciones de Fox va más allá de si sus opiniones sobre Sheinbaum son acertadas o equivocadas. La pregunta es si las críticas a una mujer que ocupa el máximo cargo político del país se están formulando bajo los mismos criterios utilizados históricamente para evaluar a los hombres.
Un presidente varón puede ser acusado de equivocarse, de negociar mal, de ceder ante otro gobierno, de carecer de liderazgo o de tomar malas decisiones sin que necesariamente se atribuyan esas acciones a su supuesta dependencia de una mujer.
Cuando se trata de una presidenta, en cambio, aparece con frecuencia la necesidad de explicar su autoridad a través de un hombre: el padre político, el esposo, el antecesor, el dirigente partidista o el presidente de otro país.
Ese doble rasero es precisamente uno de los elementos que alimentan el debate contemporáneo sobre la misoginia en la política.
Fox tiene derecho a criticar a Sheinbaum y la presidenta, como cualquier funcionaria electa, está sujeta al escrutinio público. Pero las críticas adquieren otra dimensión cuando se sustentan en la idea de que una mujer no puede ejercer el poder por cuenta propia.
La frase “Soy macho, no machista” pretendió cerrar el cuestionamiento dirigido al expresidente. Sin embargo, terminó abriendo una discusión más amplia sobre qué significa el machismo, cómo se manifiesta en el discurso político y por qué, aun con una mujer al frente del Poder Ejecutivo, persisten narrativas que buscan explicar su autoridad a partir de los hombres que supuestamente están detrás de ella.
En una democracia, la presidenta debe ser cuestionada por sus actos de gobierno, sus decisiones y sus resultados. El desafío para el debate público consiste en hacerlo sin convertir el género en una herramienta para negar su capacidad política ni repetir, como argumento, la vieja idea de que detrás de una mujer con poder necesariamente existe un hombre que decide por ella.

