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/ Eduardo Sadot/
Fútbol y el aniversario del triste 18 de septiembre para la UNAM, que muchos universitarios ignoraron. Lo ocurrido con Pedro Vite, futbolista ecuatoriano de Pumas, durante la entonación del Himno Nacional Mexicano merece algo más que una polémica pasajera en redes sociales.
Antes del partido Chivas-Pumas, en el Estadio Akron, los jugadores de ambos equipos se colocaron para cumplir el protocolo correspondiente a las fiestas patrias. Mientras sus compañeros permanecían formados y de frente a la bandera, Vite se apartó y continuó haciendo estiramientos, incluso de espaldas a ella. La escena fue grabada y rápidamente se hizo viral.
No se trata de exigirle a un extranjero que sienta como mexicano, ni de confundir nacionalidad con patriotismo. Se trata de algo más elemental: respeto al país donde se juega, se trabaja y se recibe hospitalidad. Un extranjero no tiene obligación de cantar nuestro Himno, pero sí puede guardar respeto durante su interpretación, como hicieron los demás jugadores extranjeros.
También han circulado versiones que relacionan su actitud con la reciente eliminación de Ecuador frente a México en el Mundial; sin embargo, esa explicación no está confirmada.
El deporte enseña que se puede competir con pasión, defender los colores propios y aceptar la derrota con dignidad. Precisamente por eso, el Himno Nacional no debería ser motivo de revancha ni de indiferencia. Los símbolos patrios pertenecen a los mexicanos, pero el respeto a ellos es una expresión universal de convivencia.
En una cancha se puede perder un partido. Lo que nunca debería perderse es el respeto. Hubo quienes le exigían a las autoridades llamar al orden al chamaco ecuatoriano pero no hay que perder de vista que ahí hay un contrato de por medio y expectativas de triunfos para los PUMAS, por eso como lo ha hecho la autoridad, que impere la cordura no la venganza pasional.
Hay fechas que la memoria no debe negociar. El 18 de septiembre de 1968, unos diez mil soldados ocuparon Ciudad Universitaria. Entraron con tanques, carros de asalto y armas a un espacio donde debía prevalecer la palabra. Fueron detenidos estudiantes, profesores, trabajadores y padres. La Universidad quedó ocupada.
Al día siguiente, el rector Javier Barros Sierra protestó: calificó la ocupación como un “acto excesivo de fuerza” y recordó que los problemas de los jóvenes requerían comprensión antes que violencia. Fue defensa de la autonomía.
El Ejército permaneció doce días en CU y la desocupó el 30 de septiembre. Ningún ejército puede retirar su huella.
Recordar aquella noche no es vivir del pasado. Es entender que una Universidad puede ser ocupada físicamente, pero jamás sometida. Cuando el fusil entra, donde debe entrar la razón, ni la libertad puede ser apresada, hoy, la derrota no es de los estudiantes: es de la República.
Sorprende mucho que no hayamos encontrado declaraciones ni del rector ni las izquierdas vociferantes que dijeran nada al respecto, que guardaran silencio en ésta fecha. Se desocupó CU por el ejército el 30 de septiembre, precisamente tres días antes del dos de octubre, de la tarde de Tlatelolco, ya es momento que las nuevas generaciones sepan la verdad y que se diga la importancia del 68 pero no solo por las muertes, hay mucho más que los muertos. Hoy vemos dos instituciones lastimadas, el ejército y la UNAM.
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