*Astrolabio Político.
/ Por: Luis Ramírez Baqueiro /
“La madurez hace al hombre más espectador que autor de vida social”. – Gilbert Keith Chesterton.
En política hay reglas que no están escritas, pero que todos entienden.
Una de ellas es simple: hay límites que no se cruzan.
El episodio protagonizado por Atanasio García Durán no fue un desliz menor. Fue, en esencia, una ruptura en las formas. Y en un estado como Veracruz, las formas no son ornamento: son parte de la arquitectura del poder.
Porque cuando una crítica proviene del entorno inmediato de un exgobernador como Cuitláhuac García Jiménez, no se interpreta como una opinión aislada. Se lee con memoria. Y la memoria política, en este caso, no es ligera.
La administración pasada dejó una estela de cuestionamientos, señalamientos y pendientes que aún orbitan en la conversación pública. Bajo ese contexto, cualquier declaración adquiere densidad. Ya no es solo un comentario: es un acto político cargado de historia.
Por eso, lo ocurrido no puede minimizarse. Fue un cruce de línea.
Y en política, cruzar líneas tiene consecuencias.
No siempre visibles.
No siempre inmediatas.
Pero siempre inevitables.
El posterior posicionamiento del propio Cuitláhuac García Jiménez —llamando a la unidad, reconociendo a la gobernadora y desmarcándose de lo dicho— no puede leerse como iniciativa política. Es, más bien, una reacción.
Una reacción ante un tablero que ya se había movido.
Porque en política, primero ocurre el hecho… y después se construye la explicación.
En contraste, la gobernadora Rocío Nahle García ha optado por una ruta que revela comprensión del poder: prudencia en la forma, firmeza en el fondo.
Sin estridencias.
Sin confrontaciones innecesarias.
Pero sin concesiones.
Y ahí radica la diferencia entre quien entiende el poder… y quien supone que puede tensionarlo sin consecuencias.
En Veracruz, el poder no necesita gritar.
Le basta con señalar el límite.
Y cuando ese límite se cruza, la política deja de debatir… y comienza a actuar.
Sextante: la política de las expectativas
En política hay algo más peligroso que equivocarse: creerse la narrativa propia.
El caso de la exalcaldesa de Alvarado, Lizzette Álvarez, es un ejemplo claro de cómo el discurso puede convertirse en un boomerang.
Antes de concluir su gestión municipal, aseguró —con una seguridad que rozaba la certeza— que había sido invitada por la gobernadora Rocío Nahle García a integrarse a su gabinete.
La afirmación no fue menor. Era, evidentemente, una jugada de posicionamiento: instalar su nombre en la conversación pública y proyectarse hacia una nueva etapa dentro del poder estatal.
Pero la política tiene una cualidad implacable: el tiempo.
Y el tiempo, casi siempre, desnuda las estrategias mal calculadas.
Cinco meses después, aquella supuesta invitación no solo no se concretó, sino que se desvaneció en el terreno más incómodo para cualquier actor político: el de la incredulidad.
En su región, donde su trayectoria es ampliamente conocida, el tema ha mutado hacia la burla.
En el resto del estado, hacia la irrelevancia.
Las redes sociales, siempre eficaces para sintetizar narrativas, han construido su propia versión: la imagen de una espera eterna. Memes que la muestran aguardando una llamada que, según la percepción colectiva, nunca llegará.
La pregunta sigue en el aire: ¿hubo realmente una invitación que se diluyó? ¿o fue un recurso discursivo que terminó por exhibirse a sí mismo?
En política, como en la cocina, solo quien está dentro sabe lo que realmente se está preparando.
Pero hacia afuera, lo que cuenta no es la intención… sino el resultado.
Y hoy, el resultado es claro: Lizzette Álvarez sigue en espera. Y el teléfono, simplemente, no suena y aseguran los que saben que no sonará.
Al tiempo.
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx












